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Juan David Ramírez Correa
Columnista

Juan David Ramírez Correa

Publicado el 04 de junio de 2019

Más corchados que nunca

A raíz de la decisión de la JEP de dejar en libertad a “Jesús Santrich” y la posterior osadía infructuosa de la Fiscalía de recapturarlo y ponerlo a rendir cuentas ante la justicia ordinaria por asuntos evidentes de narcotráfico, en esta columna, hace 15 días, dejaba mi punto de vista acerca del circo creado alrededor del nefasto personaje de las Farc.

La cosa se resumía en algo básico: un desconcierto muy grande, agravado por el comportamiento de la JEP, que dejó por el suelo la posibilidad de sentar un precedente para decir que, por que el país esté jugado por la Paz, pues esto no es una patria boba al servicio de un puñado de amangualdados con agenda ocultas debajo del sobaco.

Lo que pasó fue consecuencia de hacer a un lado el sentido común, vicio de ese vicio nefasto que tantas veces traiciona al país. En este caso el sentido común apelaba a lo obvio: “Santrich” estaba metido en cosas raras. Por consiguiente, sentar un precedente claro, contundente y ejemplarizante le hubiera servido mucho a este país para lo que se viene.

Pero estamos en la tierra del Sagrado Corazón de Jesús, donde las paradojas llegan como si fueran hechos divinos. Entonces, ¡táquete! cayó una más, ahondado en lo corchados que estábamos. La Corte Suprema de Justicia se mandó un baldado de agua fría: ordenó la libertad inmediata del personaje, amparándose en el fuero brindado por esa condición de congresista modalidad La Habana. Renació, entonces, la posibilidad de que un tipo que se sienta en una mesa con miembros del cartel de Sinaloa (eso es lo que se ve en los videos revelados por la Fiscalía) pues ahora descargue su humanidad en las asentaderas del Congreso, bajo el amparo del “derecho ganado” por ser adalid de la paz. Cosa nefasta para la democracia. Eso sí que corcha.

Ahora bien, ¿qué puede pasar? No todo está perdido. La misma Corte Suprema dejó la puerta abierta a iniciarle un proceso por narcotráfico, que, quién quita, conlleve a su extradición. Dice la Corte que en lo visto, donde se presume que hubo concierto para delinquir (y eso que el tipo dice que era un concierto para hacer proyectos productivos), sucedió después de la firma de los acuerdos de Paz. Clara violación al compromiso de ser mansa paloma. Eso debería tener consecuencias.

Llevamos días llenos de giros inesperados donde confluyen temas complejos, como si estuviéramos cocinando un sancocho que va a saber rancio. Eso genera una incertidumbre bárbara, que es la peor enemiga del país. La madeja está enredada por culpa de este tipo, pero hay que encontrar la forma de que la pita se suelte e, insisto, la mejor forma de que eso pase es con hechos ejemplarizantes. Si eso pasa, superamos por fin al menos una de las cosas que nos tiene corchados sobre el destino de Colombia.

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