Dijo Sófocles, en Antígona, que “nadie ama al mensajero que trae malas noticias”. Mi experiencia en la Colombia del tercer milenio es casi por completo la contraria: nadie ama al portador de buenas noticias. Uno de mis maestros –el padre Carlos Alberto Calderón– solía hablar de realismo esperanzado. Una calificación afortunada para una ubicación en el mundo como la que pensaran Hume o Kant.
De este modo, el analista social puede encontrar en la realidad las preguntas y las dificultades, pero también las posibilidades y las palancas para moverla. Tal consejo ayuda a mantener la ponderación, a mostrar matices y apartarse de los peligros que suscita la certeza. En palabras bastas, ayuda a ver siempre el vaso medio vacío, que es como suele estar...