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Arturo Guerrero
Columnista

Arturo Guerrero

Publicado el 20 de noviembre de 2019

Miedo y construcción del paraíso

El miedo paraliza: esta es una de las escasas verdades del lugar común. Por regla general el lugar común poco tiene que ver con el sentido común. Es más bien lo contrario de este sentido común. De tanto repetirse se convierte en un entumecimiento, es decir, en la desgracia de la razón.

Pero en el caso del miedo, el cliché funciona bien. El miedo atenta contra la plenitud de la vida, pues obliga a detenerse y conformarse con “lo menos peor”. Y lo menos peor de ninguna manera significa un avance hacia el uso y disfrute de los derechos y capacidades humanas.

Frente al miedo la acción capitula a favor de la pasividad. La iniciativa entrega el mando a la rutina. Los nuevos caminos llenos de oportunidades se cierran en pro de la senda mil veces fatigada. El miedo vuelve a los hombres pacatos, les impide alcanzar la mejor versión de ellos mismos.

El mecanismo del miedo se asemeja al de la depresión. Aniquila el vigor de la mente, vuelve flecos el poderío de la voluntad, echa al suelo la autoestima. El miedoso duerme, se ovilla debajo de las cobijas como si estas fueran otro útero, retorna a la paz prehumana del feto.

Eso lo huelen a distancia los que pretenden dar órdenes. No hay látigo más eficaz que el miedo. Antes de blandir la soga el dictador la exhibe como amenaza, sabiendo que sus súbditos gemirán como borregos. Un tirano no es nadie si no cuenta con un pueblo cundido de pavor. Cuando se acaba el espanto, ese tirano monta en pánico y es él quien se afana por construir otro enemigo para aterrorizar.

El miedo utilizado como instrumento público es indigno. Parte de la convicción de que los ciudadanos son débiles, se sienten atacados y necesitan un salvador, un mesías. Los redentores son tristes redentores porque les roban la autoconfianza a los pueblos, los infantilizan.

Si una iniciativa legítima de la gente es satanizada a punta de miedo, es porque los poderes institucionales olfatean que aquella podría cambiar los hombros sobre los que reposan precisamente esos poderes. Así que oponerse al miedo es una acción política, no simplemente una valentía individual.

Ante la parálisis del miedo el más eficaz remedio es la intuición de la mejor vida que aguarda a los osados. Porque quien vence un primer miedo desenmascara el infierno que se había proclamado y pone la primera piedra para construir su paraíso.

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