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Juan José García Posada
Columnista

Juan José García Posada

Publicado el 24 de junio de 2019

NOSOTROS, LOS NUEVOS ÁGRAFOS

Hace una semana satisfice las ganas de estrenar bolígrafo. Más de diez años me duró el que tenía, hasta que una mañana resultó inutilizable. Tal vez la tinta se endureció por falta de uso. Ya no es tan frecuente, como antes, la utilización del que era, con la libreta de apuntes, el principal instrumento de trabajo. Como periodista y en especial en mis tiempos de reportero, el bolígrafo era imprescindible. Hoy en día sólo sirve como adorno para lucir en el bolsillo izquierdo de la camisa. Si acaso, se escribe a mano para firmar algún documento, anotar una dirección o un teléfono, hacer algún apunte breve.

He intentado escribir a mano esta columna, pero debo aceptar la aceleración de mi incompetencia grafística. En los días y noches ya lejanos de mi adolescencia, cuando posaba ante mis compañeros del Liceo como poeta, escribía hasta en los márgenes docenas de blocs de papel periódico de cien hojas. No se en qué rincón, caja, baúl u hoguera yacieron aquellos mamotretos. Formarían, si se les localizara, un copioso material de estudio paleográfico. Tal es el destino de los manuscritos, daten de medio siglo o de diez siglos. Tan arcaicos son los unos como los otros.

Desde hace algún tiempo, escribir a mano es una actividad inusual y anticuada. Así la miran muchos niños y jóvenes en los que nos sorprende una letra vergonzosa, por fea e ininteligible. Los manuscritos están escaseando, así como desaparecen las cartas, el correo ordinario y los telegramas. En Finlandia, país modélico en educación, sin que se elimine la enseñanza de la escritura sí se ha optado por las letras mayúsculas en lugar de la llamada caligrafía simplificada. Ni el perfil y grueso que se marcaba con la pluma clavada en el encabador de madera o de plástico, ni la letra americana son importantes. Y se ha establecido la mecanografía desde el primer grado.

Mi ingreso en el contingente de los nuevos ágrafos empezó, viéndolo bien, en la época en que asumía la tarea de hacer planas para pulir las primeras letras. Desde entonces he sido mecanógrafo (estupendo mecanógrafo, además, modestia, apártate). Me ofende quien cometa el error de decirme chuzógrafo. Aprendí a escribir en la antigua máquina Remington de mi abuelo (aquí está detrás) y ahora compruebo que esa ha sido la razón principal de mi alejamiento del manuscrito. No es una agrafía causada por ninguna lesión. Es una disfunción progresiva ocasionada por el simple desuso. De ahí la frustración de haber conseguido un bolígrafo nuevo y no poder estrenarlo como quisiera. He perdido, hemos perdido la destreza en la escritura. ¿Los nuevos ágrafos hemos dado un paso adelante en la evolución humana, o por el contrario hemos retrocedido?.

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