En el pueblito de Titumate, Urabá chocoano, había un campesino que tenía su parcela en la que criaba sus vaquitas y sembraba arroz y maíz. Jaime era un hombre juicioso y vivía con su mujer y cinco hijos, que después de estudiar en la escuela, para nada le ayudaban al papá en el trabajo de la finquita, sino que se la pasaban jugando cartas y vagando por el pueblo, mientras el viejo Jaime ordeñaba, sembraba y cosechaba, su mujer y una hija, cocinaban y cuidaban de gallinas y puercos.
Un día Jaime vendió unas vaquitas que ya por viejas había que reponer, pero previendo el viejo malicioso que los hijos y su esposa le pedirían el dinero, se inventó un cuento, y dijo que lo habían atracado y se había perdido el dinero de las vacas. Pero el campesino...