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Por Jimmy Bedoya Ramírez - @CrJBedoya

Pandemónium, narcisismo y elecciones

Las elecciones presidenciales serán una prueba sobre la madurez emocional y racional del país.

hace 1 hora
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  • Pandemónium, narcisismo y elecciones

Por Jimmy Bedoya Ramírez - @CrJBedoya

El caos no siempre es una consecuencia del poder, a veces es una técnica para ejercerlo. En una Colombia saturada de información, indignación y desconfianza, mantener al ciudadano en estado de sobresalto es más eficaz que convencerlo con argumentos. Esa es la principal amenaza que enfrenta la democracia colombiana rumbo a la primera vuelta presidencial de 2026.

El país llega a este momento con una sensación extendida de desorden: crisis de seguridad en vastos territorios, deterioro de la confianza institucional, polarización permanente, confrontación entre poderes, incertidumbre económica, y un debate público cada vez más dominado por la emoción mediática. Todo parece ocurrir al mismo tiempo. Todo se grita. Todo se acusa. Todo se interpreta desde la sospecha. El ruido es más que estridencia. También es confusión y evasión de las problemáticas.

El verdadero riesgo aparece cuando el ruido se vuelve sistema. Cada controversia desplaza a la anterior; cada escándalo captura la conversación nacional; cada frase incendiaria obliga al país a reaccionar antes de pensar. Así se configura un pandemónium político: una escena pública donde la atención ciudadana vive secuestrada por el sobresalto, mientras los grandes problemas nacionales quedan aplazados, diluidos o convertidos en munición ideológica.

A esa dinámica se suma el narcisismo político del actual gobierno, uno sus rasgos más característicos. Cuando el poder se organiza alrededor del ego, las instituciones pierden centralidad. El gobernante asume el rol de administrador mediático del Estado y empieza a presentarse como intérprete exclusivo del pueblo, juez moral de sus contradictores y protagonista inevitable de toda conversación nacional. Entonces, la política ya no gira alrededor de la seguridad, el empleo, la justicia, la educación o el territorio; sino alrededor del temperamento del líder: qué dijo, a quién atacó, qué nueva confrontación abrió, qué enemigo necesita construir.

Ese tipo de liderazgo polariza y agota. Produce ciudadanos emocionalmente fatigados, incapaces de distinguir entre debate y espectáculo, entre firmeza y arrogancia, entre transformación y demolición institucional. Hannah Arendt advirtió que una de las grandes tragedias políticas ocurre cuando las sociedades pierden la capacidad de diferenciar entre hecho y ficción, entre verdad y mentira. Esa advertencia conserva una vigencia dolorosa: cuando todo se reduce a relato, cuando la mentira se justifica como estrategia y cuando la indignación reemplaza al pensamiento, la democracia pierde su brújula moral.

Las elecciones presidenciales de 2026, por tanto, no serán únicamente una competencia entre candidatos. Serán una prueba sobre la madurez emocional y racional de Colombia. ¿Se votará desde el miedo, la rabia o la revancha? ¿O se exigirán propuestas serias, liderazgos sobrios y una visión de Estado que supere el espectáculo? El voto emocional puede ser comprensible en una sociedad golpeada, pero cuando se alimenta de manipulación, resentimiento o miedo prefabricado, deja de ser expresión libre de ciudadanía y se convierte en reacción inducida.

Cuando el gobierno convierte la fatiga democrática en método mediante el conflicto permanente, la saturación emocional y el desgaste institucional; el ciudadano manipulado no siempre busca al mejor estadista, a veces busca a quien promete continuar con el ruido, aunque traiga consigo nuevos riesgos. Ese es el peligro: confundir autoridad con estridencia, carácter con imposición, liderazgo con culto personal y cambio con destrucción.

Colombia requiere criterio. No basta con elegir a alguien distinto, hay que elegir con lucidez. El reto no es responder al pandemónium con más gritos, sino con inteligencia ciudadana, memoria democrática y exigencia institucional. En tiempos de confusión, pensar es un acto de resistencia, y quizá el mayor deber del elector sea no entregar su voto al ego de ningún caudillo, sino al porvenir de una nación que todavía puede reconstruirse desde la razón, la verdad, el sentido común y la unidad.

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Por Jimmy Bedoya Ramírez - @CrJBedoya

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