Pico y Placa Medellín
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Esta semana, entusiasmado, me dijo que añejaría la camiseta de la selección Colombia para que llegue más lejos en el próximo mundial.
Por Diego Aristizábal Múnera - desdeelcuarto@gmail.com
Como suelo hacerlo en las vacaciones, en el receso de mitad de año o diciembre, comparto un par de historias que surgen Desde el cuarto:
Agua
Pensé que era una mosca impertinente e intenté ahuyentarla con la mano, guiarla por la ventana para que no molestara más. La hora del almuerzo había concluido para los dos. Apenas se posó sobre el mesón, me di cuenta de que no era una mosca, era una avispa pequeña de colita amarilla y negra, muy parecida a una abeja. Supuse que estaba perdida, así que abrí mucho más la ventana de la cocina para que se fuera, para que volara, ‘tanto mundo te falta por recorrer’, le dije. Pero ella no se iba. Le daba vueltas al grifo mientras yo mojaba los platos. Apenas cerré la llave del agua, la avispa se aferró a uno de los diminutos ductos del grifo, estuvo unos tres segundos y salió por la ventana.
Pensé que eso había sido todo. Pasé la esponja por los platos y apenas iba a enjuagarlos, la pequeña volvió y repitió los mismos pasos: se paró a un lado del grifo, caminó hasta uno de los ductos de agua, bebió tres segundos y se marchó. Entonces comprendí el calor que hacía afuera, lo que pasaría si seguimos secando y contaminando los afluentes de agua como si nada.
Cuando llegue el día en que los humanos busquemos el agua en la canilla, como lo hacen las abejas y las avispas de la ciudad, pero no la encontremos, no por una suspensión temporal sino permanente, quizás comprendamos que nada, absolutamente nada en este mundo es tan valioso como el agua. Terminé de lavar y me quedé un rato observando las idas y venidas de mi intrépida compañera. Me cercioré de que durante la tarde no le faltara qué beber para soportar el calor y para climatizar su nido en una de las hojas de la palmera que tengo al frente, y me da el privilegio de la sombra.
La camiseta
Un amigo tenía por costumbre no lavar nunca una de las camisetas de su equipo favorito. Duró con ella así los suficientes años para construir con sus triunfos en el estadio un particular olor. Decía que le traía buena suerte a su equipo amado: cada que se la ponía, su equipo ganaba; cuando la dejaba descansar, perdía. Hasta que un día se le metieron al apartamento y entre muchas cosas que no valían nada para él, pero sí para los ladrones, también se llevaron lo que valió todo para él y no entendía la clase de olfato que tenían aquellos ladrones, porque por esa camiseta, con ese olor, nadie pagaría ni siquiera lo que vale una barra de jabón rey. Esta semana, entusiasmado, me dijo que añejaría la camiseta de la selección Colombia para que llegue más lejos en el próximo mundial. Ojalá no se atraviese en el camino ningún ladrón sin nariz.