Cada año, alguien me pide con mucha solemnidad que le revise unos textos escritos por unos niños que habitan una vereda del Oriente antioqueño. Los textos se publican con la ayuda de un grupo de gente convencida de que es necesario darles un espacio a los niños para que digan lo que piensan de este mundo que los adultos hemos construido (o destruido) para ellos. Me sorprendí al ver que los textos más extensos eran sobre el perdón y el miedo.
Al terminar de leerlos, pensé mucho en el perdón, en lo necesario que sería para el país que todos hiciéramos el ejercicio de escribir los perdones que quisiéramos conceder, aun sin que se nos hayan sido pedidos. Hay solicitudes de perdón que nunca llegan, aunque las esperemos con el alma. A veces, aunque...