Un día Jesús pregunta a sus discípulos, ¿ustedes quién dicen que soy yo? Y Pedro responde: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Entonces Jesús, lleno de entusiasmo, dice: “Dichoso, Pedro, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y sangre, sino mi Padre del cielo” (Mateo 16,13-17).
Jesús era un excelente conversador. La gente se quedaba absorta escuchándolo. Sus temas de conversación se referían siempre a la vida cotidiana, comenzando por el modo como el Padre celestial estaba presente en cada ademán de su existencia. El secreto de su grandeza.
Un día un leproso se postra a sus pies diciéndole: “Si quieres, puedes limpiarme”. Y Jesús lo toca diciéndole: “Quiero, queda limpio. Y al instante quedó limpio” (Mc 1,41). El poder de su palabra...