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Por Ricardo Urdaneta Holguín - opinion@elcolombiano.com.co

Tonterías que hacen carrera

hace 3 horas
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Por Ricardo Urdaneta Holguín - opinion@elcolombiano.com.co

La primera vez que lo oí, lo decía una diputada francesa. No tomé nota del nombre y la fecha por el tamaño de la tontería, pero luego he visto que la idea ha cogido vuelo y se la he oído mencionar a personas que en otras circunstancias parecen sensatas. Me refiero a la idea de derogar las leyes del mercado. Lo dicen con cara seria.

Las leyes del mercado no son una norma expedida por ninguna autoridad. Su existencia no depende de la aprobación de nadie con poder, y nadie con poder tiene a su alcance la posibilidad de derogar o prohibir su existencia.

Las leyes del mercado son la constatación de un fenómeno natural: el intercambio libre de bienes y servicios es un modo de relación entre individuos. Las leyes del mercado siempre han estado y estarán ahí. En la edad de piedra había un mercado en el que se intercambiaban pieles de presas de cacería por vestimenta hecha con esas pieles, y alguien que se dedicaba a pintar grutas era recompensado con comida y techo por quien apreciaba esas pinturas. En Corea del Norte o en Cuba existen mercados. Son mercados completamente distorsionados por la intervención del Estado, pero existen, y en esos mercados cosas que en sociedades de libre mercado nos parecen tener poco valor adquieren un valor desmesurado por su escasez artificial. Siempre hay un mercado.

Pretender derogar las leyes del mercado es como pretender derogar las leyes de Kepler: los planetas van a seguir teniendo órbitas elípticas, aunque haya una ley expedida por una autoridad que diga lo contrario. La resistencia original al comunismo, antes de su proliferación después de la revolución soviética, vino de quienes se oponían al materialismo como filosofía. Se oponían al comunismo del mismo modo que se oponían al capitalismo, y proponían alternativas como la doctrina social de la Iglesia: un materialismo regido por principios espirituales.

La lucha contra el mercado viene de la idea de que su existencia impide las alternativas. Si todo es plata, desaparecen la vida espiritual, el arte, la literatura, el misticismo, la filosofía, el romanticismo, etc. Pero no todo es plata. Nadie tiene que escoger entre ser creyente y ejercer el comercio, o estar enamorado y ejercer un oficio.

Todo el mundo, en mayor o menor grado, tiene facetas materialistas, como la necesidad de techo y comida, o la aspiración de ropa más cara o un mejor carro, y facetas espirituales, como el amor a sus parientes, la profesión de una religión, o el amor a la literatura. Lo que hace el mercado es resolver el aspecto material de la vida de la forma más eficiente y eficaz posible. Ese aspecto material existe siempre, así todos seamos practicantes devotos del yoga. Algunos tienen menos necesidades espirituales y acaban identificando tener más cosas como un modo de satisfacer el vacío espiritual. Ese es un problema de cada individuo. Pero quien logra separar las dos cosas, siempre podrá, por fuera de la actividad económica que le da su sustento, apreciar la serenidad de un espacio con árboles o la empatía con un animal o la ternura de un niño. El mercado no se lo impide.

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