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Ernesto Ochoa Moreno
Columnista

Ernesto Ochoa Moreno

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Ríete, y no es un chiste

Por ERNESTO OCHOA moreno

ochoaernesto18@gmail.com

Encontré al padre Nicanor, mi tío, alegre y sonreído. No sé de qué había estado hablando con Mariengracia, pero tenía esa cara limpia y serena que se dibuja después de una buena carcajada. Como la tierra mojada tras la lluvia, también el alma se refresca cuando nos cae un aguacero de risas nobles e inocentes, o una llovizna de sonrisas amables.

-Ríete, muchacho –me dijo al advertir, apenas me vio entrar, que llegaba tristón y aburrido.

-Cuál reírse, tío, con lo que pasa y no pasa. Qué desilusión la vida, por donde quiera que se la mire.

-Pues, hijo, si te consuela, ya que las trajiste a colación. hablemos de la ilusión y la desilusión, que en el fondo no son sino un juego, el mismo juego.

-¿Cómo así, padre? A mí la desilusión me duele, me golpea, me amarga la vida.

-Lo que pasa, muchacho, es que damos por sentado que la vida del hombre se columpia entre la ilusión y la desilusión. A aquella, la ilusión, la consideramos la madre de todos los sueños, de las utopías, de las euforias mentirosas. Y a la otra, la creemos la partera de todas las tristezas, de los rencores, de heridas incurables. Y no hay tal.

-Si usted lo dice, tío, pero no me convence.

-La primera acepción del verbo latino “illudere”, de donde viene ilusión, es precisamente jugar, solazarse, divertirse. De “ludus”, juego, brota el adjetivo “lúdico” en español. Me acuerdo de un verso de Horacio, que aprendimos en el seminario: “Heu, fortuna... ut semper gaudes illudere rebus humanis”, que traduce: “¡Oh, fortuna... cómo te gozas en jugar con las cosas humanas”.

-Usted y sus latines, padre Nicanor. Más bien como inútiles, ¿no cree?

-Pues aguanta, hijo. Con quién más puedo sacar esos viejos latinajos del arcón del olvido. Y deja de fruncir el ceño al quejarte de las desilusiones. Para Cicerón “illudere” tiene el sentido de burlarse, reírse con sorna. Para Quintiliano, la “illusio” es la ironía como figura retórica.

-Ya, ya, ya, tío.

-De ti no me compadezco, por llorón y autocompasivo. Tienes que borrar ese trascendentalismo con que nos han enseñado a hablar de ilusiones y desilusiones. Yo pienso que la desilusión, el antónimo de ilusión, no es su contrario, sino su realización.

-Cómo así, padre, no lo entiendo.

-Si el sueño y lo apetecido se logran, ya dejaron de ser ilusión y, por lo tanto, son des-ilusión. Si no se consiguen los deseos, lo que muerde las entrañas no es la des-ilusión, sino la ilusión insepulta que puja por mantenerse viva.

-¿Y, entonces?

-Ríete, muchacho. No temas reírte de ti mismo, que es por donde se debe empezar. Ríete de tus desilusiones y de tus ilusiones.

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