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Sálvese quien pueda

El propio sálvese quien pueda. Quizá habría que rezar un poco menos y leer un poco más para entenderlo.

hace 42 minutos
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  • Sálvese quien pueda

Por Sara Jaramillo Klinkert - @sarimillo

Un domingo, mientras malgastaba mi tiempo en un atasco descomunal en la vía hacia El Retiro, me acordé de Los pilares de la tierra. La novela de Ken Follett narra la construcción de la Catedral de Kingsbridge, un proyecto tan, pero tan ambicioso que, para llevarse a cabo, requirió apoderarse de tierras, explotar y engañar a los locales, eso sí, en nombre del Señor. «Me levanto al final del servicio y les digo que la penitencia de hoy para el perdón de todos los pecados es media jornada de trabajo en el sitio de construcción de la catedral», dice Phillip, el prior, sin una pizca de remordimiento. El pueblo dejó de ser un lugar apacible y se convirtió en un infierno caótico y bulloso, lleno de extraños en busca de trabajo. Arrasaron con bosques y animales, destruyeron vías, zonas públicas y dividieron a los fieles entre aquellos que creían que el amor hacia Dios se mide con el tamaño de la catedral construida para adorarlo y los que no.

No es casual que me haya acordado de la novela mientras padecía el atasco y no es casual porque el atasco era tan monumental como monumental es la catedral que lo genera, con torres en aguja que se ven a kilómetros de distancia aunque la licencia otorgada era para la construcción de una vivienda de dos niveles. Iba a hablar de la vía de acceso, pero es que la palabra vía es demasiado grande y la palabra acceso también. La única forma de llegar a la catedral es a través de una trocha estrecha y empinada, incapaz de gestionar la enorme afluencia de visitantes que llegan en camionetas, cuál de todas más grande. Y, como lo único insuficiente no es la vía de acceso sino también los parqueaderos, a veces toca devolver las camionetas, pero ocurre que no hay por dónde, ¿adivinen por qué? porque la vía de acceso es la misma de salida, bendito sea el señor, entonces nadie accede y nadie sale y se forma un nudo de Dios y señor nuestro que, claro, nos afecta a los usuarios de la vía principal que estamos interesados en dar un simple paseo por Oriente o en ir a la finca, pero terminamos desperdiciando nuestro único día de descanso, aguantando calor dentro de un carro que no se mueve.

Por supuesto que hay soluciones: podrían ampliar el acceso, construir bahías y parqueaderos pero, pobres, no tienen dinero para eso, se lo gastaron en la construcción de la catedral. Entonces la administración municipal, en vez de sancionarlos, pone a su disposición agentes de tránsito que, obviamente, pagamos los ciudadanos con nuestros impuestos porque en Colombia las iglesias ni impuestos pagan.

Así es como el problema de ellos termina siendo nuestro. Ya lo dijo Phillip, el monje de la novela mencionada, cuya mentalidad, pese a ser medieval, es increíblemente vigente: «En el mundo fuera del monasterio, nadie se preocupa por ti. Los patos se tragan a los gusanos y los zorros matan a los patos y los hombres disparan a los zorros y el diablo caza a los hombres». El propio sálvese quien pueda. Quizá habría que rezar un poco menos y leer un poco más para entenderlo.

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