Por DOROTHY KRONICK
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Nicolás Maduro tiene una habilidad especial para desafiar las profecías de su desaparición.
Cuando fue elegido presidente de Venezuela en 2013, la gente dijo que no duraría 12 meses en el cargo. Trece meses después, cuando las protestas sacudieron la nación, la gente dijo que sus días estaban contados. El año siguiente, cuando los partidos de la oposición obtuvieron la mayoría en el Congreso, y nuevamente cuando lucharon por un referendo de revocatoria en 2016, y nuevamente con el regreso de las protestas masivas en 2017, la gente dijo que este sería el final de Maduro. Más que nada, Maduro no estaba destinado a sobrevivir la campaña de este año para expulsarlo, un esfuerzo internacional que comenzó en enero y alcanzó su fina el fin de semana pasado.
Y sin embargo, Maduro aún es el presidente de facto de Venezuela.
Esta realidad crea un problema para los Estados Unidos. El mes pasado, Estados Unidos impuso sanciones económicas diseñadas para acelerar la salida de Maduro. Si se va, el mundo regocijará. Si no, si Maduro se aferra al poder, las sanciones profundizarán el sufrimiento de los venezolanos. Para prevenir esto, Estados Unidos necesita un plan de respaldo.
Nadie duda que Maduro ha forjado destrucción: el peor colapso económico registrado en la historia de América Latina, pisoteo implacable de los derechos políticos y violencia policial despiadada. La pobreza ha aumentado a un 94 % de el 27 %.
Para millones en Venezuela y alrededor del mundo que quieren que este régimen se acabe, la esperanza apareció el mes pasado en la forma del político de la oposición Juan Guaidó. El 23 de enero, Guaidó se posesionó como presidente interino de Venezuela, con la promesa de llamar a elecciones; Estados Unidos inmediatamente reconoció su presidencia. Desde entonces, el pueblo venezolano ha protestado en masa. Junto con el Grupo de Lima, la Organización de Estados Americanos y la Unión Europea, los venezolanos han presionado a sus fuerzas militares para que obliguen a Maduro a irse. El Presidente Donald Trump amenazó con invadir. El fin de semana pasado, Richard Branson patrocinó un concierto lleno de superestrellas para recolectar asistencia en el lado colombiano de la frontera. Más de 50 países han reconocido a Guaidó, sumándose al coro de voces pidiendo la salida de Maduro. Las sanciones son vistas como una herramienta clave para fomentar el cambio de régimen. Ya el 80 % de las familias venezolanas carecen de seguridad alimentaria y la desnutrición se ha triplicado.
Para entender el peligro, considere lo que sucedió en Irak. Allá, la comunidad internacional impuso sanciones como parte de un esfuerzo para debilitar el régimen de Saddam Hussein. Pero no cayó, y las sanciones permanecieron en efecto. Los niños iraquíes sufrieron. Antes del embargo, Irak tenía una de las tasas más altas de comida disponible per cápita en el Medio Oriente. Incluso así, una cuarta parte de los niños iraquíes estaban malnutridos después de seis años de sanciones, y decenas de miles murieron. Los niños venezolanos están enfrentando sanciones con estómagos ya vacíos. Perder más comidas los podría condenar a morir de hambre.
Un mejor plan de respaldo sería permitir que Venezuela intercambie petróleo por esenciales. Por ejemplo, Estados Unidos podría comprar petróleo venezolano siempre que los ingresos acumulados, sujetos a supervisión internacional, se utilicen sólo para compras de alimentos, medicamentos e infraestructura del sector petrolero.
Sin un Plan B, Washington ha hecho una apuesta segura para Trump y peligrosa para el pueblo venezolano. Si las sanciones contribuyen a una rápida salida de Maduro, Trump se verá como un héroe. Y si no lo hacen, el presidente de los Estados Unidos se lavará las manos de todo el desastre