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Juan David Ramírez Correa
Columnista

Juan David Ramírez Correa

Publicado el 24 de septiembre de 2019

Seguridad

“Este fue el Plan Candado...”. Con esa frase, el alcalde de Medellin, Federico Gutiérrez, inició sus declaraciones a los medios para poner de manifiesto los resultados de la redada hecha los últimos días contra los pillos de la ciudad. Hasta ahí, pues, bueno, una noticia más de esas que día a día pasan en la ciudad. Después de la palabra “candado”, la cosa cogió otro matiz. Empezó la descripción de lo logrado y atérrese las cifras: 116 allanamientos que arrojaron 332 capturas de integrantes de estructuras criminales, incluyendo a 14 con orden de captura por homicidio. Ahí estaba alias Orejas, cabecilla de la banda La Torre, uno de los más buscados de la comuna 13. Súmele la bicoca de 900 kilos de droga incautados y, peor aún, armas, armas y armas de todos los tamaños habidos y por haber. Bárbaro el asunto.

Mientras el alcalde, la directora Regional de la Fiscalía y los comandantes de la fuerza pública hablaban, las cámaras mostraban imágenes que rayan en lo absurdo: montones de alijos de droga tirados en el piso, mesas llenas de cuchillos -machetes, pata de cabras, navajas, como quiera llamarlos-, municiones, pistolas y revólveres; vehículos decomisados, en fin. Todo un arsenal en materia de armas y un billetal puesto en alucinógenos, algo completamente dramático.

Cada vez que hay una situación de orden público así, reluce la difícil realidad de nuestra sociedad, la misma que se ha tirado a generaciones enteras de jóvenes y ha hecho del estilacho pillo-mafioso el dominante en las calles y en los barrios. A ver... es que en lo que va corrido del año se han capturado más de 150 cabecillas y se han hecho más de 3.500 capturas de delincuentes. En esa gran lista, todos tienen algo por qué responder y con toda seguridad en ellos no aplica el viejo dicho “el que nada debe nada teme”.

Un panorama así le da la razón a la apuesta que ha hecho la administración municipal de jugársela a derrotar a ese coco llamado inseguridad, que tanto le ha costado a la ciudad. Hay un punto de inflexión que ayuda a diezmar un problema de talla mayor y se resume en una fórmula: contundencia, más constancia, buscando corregir el camino. Seamos sinceros: bajo el influjo de las fuerzas ilegales nuestra sociedad termina siendo inviable.

Quienes critican al alcalde y lo tachan de pantallero, se equivocan fuertemente. Luchar contra la inseguridad no es un asunto de poca monta y obliga a decir las cosas de frente y sin rodeos a ver si por fin entendemos que hay una coaptación absurda por parte de la ilegalidad a la ciudad. Alguna vez le escuché al alcalde decir: “vamos a retomar el control territorial con la autoridad del Estado y con oferta institucional”. Un criterio acertado que deberá asumir quien llegue en su reemplazo bajo el tamiz de soluciones integrales e institucionales, teniendo siempre presente que, si la tranquilidad ciudadana no regresa a manos del Estado, la cosa será difícil, muy difícil.

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