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David E. Santos Gómez
Columnista

David E. Santos Gómez

Publicado el 06 de julio de 2022

Seis décadas de palos en las ruedas

En junio de 1962 se publicó La Violencia en Colombia. Estudio de un proceso social. Escrito a seis manos por Orlando Fals Borda, Eduardo Umaña y monseñor Germán Guzmán, sus poco más de 400 páginas revolucionaron el entendimiento de nuestro país como una sociedad que se sumía en la sangre. Fue —y sigue siendo— una radiografía certera y una crítica brutal a las oligarquías, a los partidos políticos y a las instituciones por su papel en la descomposición nacional. Cuando el estudio vio la luz, generó un terremoto. Fue un escándalo que se salió de las esferas de la academia y llevó a sus autores a dar explicaciones en el Senado de la República. Les llovieron críticas bestiales. El periódico El Siglo lo calificó como un “libro sectario, con fines partidistas”. El representante conservador Gustavo Salazar García dijo que los investigadores habían ganado plata “más indignamente que las [formas] cortesanas”. Los llamaron bandoleros, protestantes, extremistas. Hoy, sin embargo, nadie duda de que ese esfuerzo descomunal por entender nuestra tragedia es la génesis de muchas de las reflexiones sobre Colombia. Pocos se atreven a poner en cuestión su valor.

Me vino a la mente el recuerdo del libro histórico y sus repercusiones cuando la semana pasada vi la virulencia con la cual un sector atacó el informe final de la Comisión de la Verdad. El trabajo meticuloso que realizaron los integrantes de este grupo y el desgarrador relato que salió de allí no puede más que obligarnos a un análisis profundo sobre el papel de cada uno de nosotros durante estos años de muerte. Las cifras tocan a cada protagonista de la guerra. A todos los estamentos. Se cuentan por decenas de miles los homicidios, los reclutamientos, los secuestros y las desapariciones forzadas. Y si bien Colombia apenas asimila la brutalidad de lo que dice el estudio, un grupúsculo salió a refutarlo sin conocerlo. Enrique Gómez, excandidato presidencial, dijo que el texto construía “mitos” y la senadora de extrema derecha, María Fernanda Cabal, insistió en que la Comisión pretendía deshonrar a la Fuerza Pública. Jaime Lozada, representante conservador, lo puso en duda porque a él, siendo víctima, no lo habían entrevistado. Un delirio.

Hay seis décadas de diferencia entre el estudio pionero de Fals Borda, Umaña y Guzmán y el de la Comisión de la Verdad. Colombia parece hoy moverse entre cierta esperanza de un acuerdo de paz que avanza, aún a marchas forzadas, y unos compromisos políticos de unidad que ilusionan. Con bandas narcotraficantes y la atomización de la delincuencia, estamos lejos de la tranquilidad de una sociedad moderna, pero, sin duda, ya no somos la nación que, en los sesenta, transitaba el largo camino de las violencias. Sin embargo, hay algo que parece inmutable. Los retardatarios. A los que incomoda la narración de nuestras desgracias. Los que están ahí para arremeter contra la posibilidad de reflexión y reconciliación. Los de siempre 

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