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José Guillermo Ángel
Columnista

José Guillermo Ángel

Publicado el 19 de marzo de 2022

Sobre la nada

Estación Vacío, a la que llegan deprimidos con medicaciones diversas (químicas y naturalistas), decaídos que hicieron algo y se les desbarató cuando agregaron lo que no iba con el diseño (exceso de creatividad), recicladores de noticias para pasarlas como actuales, ordeñadores de datos (secándolos), alimentadores de odios obsesivos (esquizofrénicos y paranoicos), eruditos especializados en brillar telarañas, gente que promueve hacerse el amor a sí misma como salud mental (ya antes se hablaba de quererse uno mismo gastando espejo), inversionistas que esperan a que aparezca una oportunidad única sin chinos o rusos de por medio, melancólicos de épocas pasadas que no vivieron pero les contaron, practicantes de coaching que buscan el pensamiento preciso, planeadores con propuestas consecutivas contradictorias, diplomáticos que entienden por diplomacia ir a decir no, analistas y expertos que nunca aciertan, juntas en las que alguien dice que todavía no es el momento (o falta experiencia o una bombilla se dañó), consultores que se embolatan con sus cuadros en Excel, magos con abracadabras que se pronuncian al revés, en fin, el asunto sigue y al final siempre hay una pared (lo que se dijo no era), un prohibido estacionar o una nada que no compromete a nadie.

Es claro que estamos viviendo una época de desazón y revoltijos. Y que muchas de las cosas que se plantean llegan a nada. La pandemia nos hizo pensar que es fácil ser nada contra un virus y la guerra (como dice Luis Castrillón López, profesor de la UPB) convierte a la humanidad en nada. Y lo de la nada sigue. Congresos, reuniones urgentes, protestas sobre el calentamiento global, y la destrucción del ambiente sigue y se llega a nada. Pasa lo mismo con los análisis de los expertos (muy subjetivos) sobre la guerra de Ucrania, las sanciones a Putin, los pasos de la Otan, que llegan, finalmente, a nada. Y, entre nosotros, sobre la suerte de Maduro, tantas veces anunciada, nada.

Estar ante la nada (que podría ser un nano-punto o una inmensidad infinita entre dos puntos en el espacio) nos descompensa y fanatiza (para el fanático el otro es nada), llevando a que se crea en nada cierto, a que los políticos (todos sin plan de gobierno) terminen diciendo nada después de gritar y señalarse, y, lo peor, a que nos veamos sin mañana porque, sin tener nada de que agarrarnos (hasta las religiones se silenciaron), lo que sucederá es hundirse. Así, la crisis que enfrentamos, sin líneas que dirijan a alguna parte, nos llevan (como en el libro El ser y la nada de Jean Paul Sartre) a un absurdo y en este, como una veleta loca, a que los puntos de orientación cambien y nosotros nos perdamos en ellos.

Acotación: esta columna la dedico a Anita Farbiarz, recién fallecida, que antes de morirse escribió un lindo libro donde el mundo todavía estaba en orden. Era linda 

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