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José Guillermo Ángel
Columnista

José Guillermo Ángel

Publicado el 02 de abril de 2022

Sobre poner orden

Estación Leyes, a la que llegan constitucionalistas sabios y avezados, abogados penales en defensa de sus clientes y civiles (y demás variantes) atentos al cumplimiento y elaboración de contratos, fiscales con sus pruebas, economistas que hacen planes de crecimiento de acuerdo con la legislación existente, analistas de leyes con sus acotaciones en los códigos, delincuentes en variedad de tipologías, sobornadores tratando de mover las condiciones pactadas, denunciantes que llegan a algún acuerdo y otros que acusan, ONG que hablan por las víctimas y la violación de su integridad, filósofos del derecho, eruditos atentos a que no se mueva una coma, asesores de senadores e inversionistas, representantes de menores e inválidos, defensores de los animales y promotores de la libre personalidad, reclamantes de la libertad de pensamiento, cuestionadores de las nuevas costumbres, gente que ejerce la oratoria, expertos en Cicerón y Beccaria, Kant y Rawls, etc.

En la democracia, donde hombres y mujeres han pactado cuáles son las condiciones para vivir y progresar en orden, la Constitución establece las normas que seguir, los deberes que cumplir y los derechos que obtener. Y con base en esta Constitución, que es clara en la libertad con límites y el ejercicio debido de la propiedad privada, las democracias pactan las mejores formas de vida a partir de la sana convivencia, la educación debida, la equidad que lograr y las industrias que crear de acuerdo con las ventajas comparativas (recursos) del territorio. Una Constitución es un acuerdo para que estar vivo sea digno. Y esta se fundamenta en las leyes, que, antes que reprimir, le enseñan al ciudadano cuál es la mejor manera de no tener miedo cumpliendo con ellas.

La Constitución contiene, entonces, el orden acordado para vivir y habitar en una parte de la corteza terrestre y su garante es el Estado, que, a través de sus poderes (ejecutivo, legislativo y judicial) sería el ejemplo de cómo hay que vivir y progresar. Pero, como pasa en El Salvador, si la sociedad se desordena (debido al desorden del Estado y a la falta del cumplimiento de sus obligaciones), se llega a un punto crítico. Y si bien se puede reprimir con fuerza extrema a los grupos que descomponen la estructura social, esto también implica una reordenación del Estado, pues, de lo contrario, este se convierte en un totalitarismo (como el de los viejos dictadores comunistas y de derecha) y la Constitución pierde su vigencia y, con ella, los asuntos que tocan a la libertad humana y a las condiciones necesarias para progresar y vivir con dignidad.

Acotación: Es claro que hay que reprimir la delincuencia, pues esta crece cada vez más. Pero, al mismo tiempo, el Estado debe demostrar que cumpliendo la Constitución y las leyes se alcanzan las mejores formas de vivir. De lo contrario, la enfermedad sigue y se amplía como la peste. Esto se sabe 

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