Hace semanas que no iba a visitar al padre Nicanor, mi tío. Uno se va cansando hasta de las personas que más quiere y son los viejos, lamentablemente, quienes pagan el pato. Él lo sabe y ha terminado por aceptar la mía y otras ausencias.
-Uno, hijo, acaba por sacarles gusto a los placeres negativos.
-¿Placeres negativos, tío?
-La soledad, muchacho, el aislamiento, el abandono, acaban por convertirse en placeres negativos. Se les saca gusto a las negaciones. Las renuncias se vuelven placenteras.
-Hablemos, tío, de lo que usted llama los placeres negativos. Es una curiosa expresión.
-Pues hablemos. Yo pienso que el progreso del hombre, como persona y como colectividad, se consigue por el sendero del renunciamiento. Y en ello hay indudablemente un placer....