Pico y Placa Medellín
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Una sociedad que no se toca, que no confía en el otro, es una sociedad que aumenta la sospecha, es una sociedad que se destruye de a poquito.
Por Diego Aristizábal Múnera - desdeelcuarto@gmail.com
No es necesario caminar mucho por las calles de Medellín para darse cuenta del encierro en que vivimos. Poco a poco la inseguridad, pero también la incapacidad de buscar otras opciones para entender dicho fenómeno, están haciendo que vivamos en una cápsula de miedos donde poco a poco estaremos felizmente seguros en casa pero terriblemente solos sin tener la menor idea de quién es el otro que abre la “celda del frente”, la puerta blindada que se mueve después de darle muchas vueltas a las llaves y desactiva la alarma.
Las rejas de nuestros barrios son la metáfora de la desesperanza. Cada día se contratan ejércitos privados de vigilantes, se cotizan chapas de seguridad, alarmas o monitoreos de casas a través de cámaras. Ya los sitios libres para transitar se reducen, se agotan, todo se parcela con cercas eléctricas, alambres de púas, avisos que amedrantan: “Si usted no es de este lugar siéntase vigilado”. Ya los propios vecinos nos dan miedo porque no sabemos nada de ellos, desconfiamos de todo aquel que llegue a casa sin ser anunciado previamente en la portería. Los conjuntos residenciales encuban perfectamente todos nuestros miedos.
Antes, cuando todavía se hacían casas y se construían barrios sin cercas, uno sabía quienes eran los vecinos, había tiempo de conocer a alguien, de hacerse un amigo. El barrio era un asentamiento, era una comunidad que se reconocía y se respetaba, se protegía así misma, era solidario cuando se requería y era discreto la mayoría de las veces. Todos honraban el espacio y la intimidad, todos sabían qué era de quién y se cuidaba con reverencia.
Tan tristes y distantes son los barrios cercados de hoy, que ya ni siquiera tienen loquito propio que pase cada tanto y asuste a los niños casi jugando con ellos, ni señor que vende sorpresas por las calles, como me tocó a mí cuando un señor canoso llegaba en una bicicleta y todos los niños lo rodeábamos para saber qué cosas extrañas traía en ese morral negro.
Antes, por más lujosa que fuera una urbanización para pasar vacaciones, por lo general había una gran piscina, en su defecto dos o tres, dependiendo el tamaño del conjunto, que debía ser compartida por todos los residentes que optaban por pasar una temporada de descanso. Hoy, como todo es exclusivo, y así se vende mejor, las nuevas casas de campo o de verano incluyen su propia piscina, su propia zona de juegos, su propia intención de mezclarse lo menos posible con el otro. Ya los niños de estos lujosos condominios rara vez se juntan con otros niños y prefieren enamorarse de sus propias soledades. El concepto de sociedad, de compartir, de pasarle una sopita recién hecha al vecino poco a poco se ha ido perdiendo.
Una sociedad que no se toca, que no confía en el otro, es una sociedad que aumenta la sospecha, es una sociedad que se destruye de a poquito. Una sociedad segura no puede entenderse como aquella que está resguardada por las cercas y las concertinas de alambre, una sociedad segura es aquella que es libre y crea, más que encierros, confianza. Y, sobre todo, se presta para el diálogo, así las opiniones sean muy distintas.