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David Santos Gómez
Columnista

David Santos Gómez

Publicado el 16 de julio de 2019

Temblores mexicanos

En América Latina la bandera del progresismo está sostenida en estos días por Andrés Manuel López Obrador. Amlo, presidente de México desde hace siete meses, capotea para sostener la idea de que es posible una izquierda democrática, pluralista y coherente, en momentos de horas bajas para el socialismo en el continente. Pero no ha sido fácil. Sus discursos parecen consolidar una idea y sus acciones otra.

La semana pasada uno de sus hombres más fuertes en el gabinete renunció públicamente con una carta que dejó a López Obrador muy mal parado. Carlos Urzúa, secretario de Hacienda, publicó en twitter una misiva en la que denunciaba imposición de funcionarios en su cartera y toma de decisiones sin el suficiente fundamento, además de personas con un “patente conflicto de interés” que se mueven al interior de las finanzas del Estado influyendo en las decisiones más importantes. A la bomba política el presidente respondió con muy poco tino. Dijo que Urzúa era más neoliberal que de izquierda y rápidamente nombró su reemplazo.

Sin embargo, las preocupaciones por el rumbo mexicano se mantienen. Que renuncie el encargado de la economía del país mientras se queja de improvisación, puede salirle caro a un sexenio que apenas empieza.

La renuncia, además, llega en mal momento. El Ejecutivo recibe críticas por su trato a algunos medios de comunicación, por el incremento en la inseguridad en el país y, peor aún, por ceder a las presiones de Trump sobre migración y realizar grandes operativos para frenar el paso de inmigrantes por su territorio que tienen como destino Estados Unidos.

Amlo da ejemplo, una vez más, de la dificultad que tienen los discursos de oposición una vez llegan al poder. De lo complejo que es gobernar cuando el liderazgo se confunde con personalismo y el trabajo en equipo es torpedeado. Cuando las promesas de campaña se enfrentan sin telón a la realidad de la administración.

El primer presidente de izquierda en la historia reciente de México tiene todavía un largo trecho por delante. Con una popularidad que supera el 60 por ciento su margen de maniobra es amplio, pero el carisma tiene fecha de caducidad. A las risas y los aplausos debe acompañarlos con cambios palpables antes de que lo aplasten aquellos que apostaron por su caía. Esos que lo miran agazapados y a los que él, con su soberbia, se las está poniendo fácil.

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