Después de ocho largos años de un alzhéimer que despojó a mi madre de recuerdos y memoria, la despedimos en medio de una canción que ella interpretó como homenaje a su propia vida, vivida con tesón y espíritu de Lucha (así le decía su amado nieto), eso sucedió hace ya dos años, y obviamente no hay día que pase sin que deje de recordarla, sería imposible andar este sendero si esa madre amorosa no lo hubiese habilitado desde que me trajo al mundo, pero aparte de agradecerle a ella, a su vida debo sumar la de tantas otras mujeres que moldean, transforman, colideran y edifican esta ruta, porque no hay vida sin ellas.
Cómo olvidar las historias que mis hermanas me leían en las mañanas del fin de semana y que lograron construir un hábito por la lectura que aún conservo, la curiosidad que despiertan los caracteres impresos son herencia de esos años y el regalo de quienes los descubrieron para mi, más adelante esas formas las leería por mis propios medios y sería capaz de escribirlas letra a letra gracias al amor de María Victoria y Beatriz, profesoras que en primaria me enseñaron a leer y a escribir, descubrir la belleza del alfabeto y desarrollar una caligrafía me permitieron dimensionar el significado de las oraciones y el alcance de las palabras, en un colegio en el que niños y niñas entendíamos nuestras afinidades y convergencias, coincidencias y desavenencias mientras jugábamos, correteábamos y cultivábamos ideas, amistades, romances, animales y hortalizas.
Después llegarían la cuadra, los vecinos y la barra, una infancia llena de amigos con los cuales se recorrían las amplias mangas que conectaban Patio Bonito y La Aguacatala, territorio en el que pescábamos, perseguíamos animales, hacíamos excursiones y jugábamos a ser exploradores mientras descubríamos talentos deportivos, ahí en ese lugar viví mi primer contacto con la muerte, la novia de uno de nosotros falleció y la velamos de cuerpo presente en su propia casa, entender que somos finitos y que la parca está siempre presente, se lo debo a una mujer.
A mis trece años me conecté con el arte, una de mis primeras críticas fue Beatriz González, amiga que aún conservo, por esa época conocería otras voces del arte que desde su condición ayudaron a transformar la escena, a ellas se sumarían más, de compañeras o musas de amigos con los que compartía y trabajaba. Ingresar a la universidad a estudiar Diseño Industrial significó encontrar compañeras de clase y de vida que aún conservo y sigo frecuentando, a ellas me unió la profesión y nos ligó indisolublemente la vida y sus compañeros de destino. Llegaría después la fundación del Museo de Arte Moderno, en el que abundaban líderes valientes llenas de carácter que me enseñaron de cultura, organización, solidaridad y gestión; en la industria de la moda, que me permitió desarrollarme profesionalmente durante años, encontré colegas, jefas y amigas que decretaron parcialmente mi destino. En la docencia encontré a cientos de alumnas que me mantuvieron en contacto con la juventud, alimentaron la curiosidad y las ideas transgresoras.
Aquí sigo, la vida se encarga de recordarme diariamente que sin mujeres no existiría esta cartografía que llamamos vida. Gracias, por cada apoyo en esta construcción, no celebro, las acompaño y me solidarizo con su batalla