Transfigurar es cambiar de figura, la forma externa de cada cosa. La figura manifiesta lo que cada uno es. Como los ojos, la figura es el espejo del alma, distingue a cada uno de los demás.
Mi intimidad es de suyo manifiesta. Mis sentimientos y pensamientos, que constituyen mi intimidad, adquieren de modo natural la figura de mi cuerpo, pues mi intimidad se manifiesta en cada gesto mío. De mi comportamiento depende el respeto y admiración de los demás. Mi cuerpo es la vitrina de mi alma.
De Jesús sabemos que se transfiguró en presencia de sus discípulos, dejándolos atónitos, fascinados, pues su rostro se volvió brillante como el sol y sus vestidos blancos como la luz (Mateo 17,2). Que eso es la fascinación, pasar del miedo inicial a un gozo...