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Arturo Guerrero
Columnista

Arturo Guerrero

Publicado el 12 de febrero de 2020

Tres ciudades en una

El clima de la capital del país encierra en estos días una incongruencia. El cielo es un pleonasmo: de nítido azul celeste. Amanece en heladas cercanas a los cero grados. Las horas pasan más arriba de los 25. El sol picotea con fervor. Una luna pesada cruza la noche carbonera.

Últimamente han sorprendido aguaceros vespertinos que la gente agradece a los fantasmas reguladores del achicharramiento. Las gotas limpian el aire, intentan barrer la barrera de esmog que oprime el occidente y que arroja sobre la urbe un aroma insufrible para los pulmones.

A causa de estas veleidades atmosféricas, Bogotá son dos o tres ciudades. Los habitantes no saben qué ponerse, cómo salir de la casa, pues todo depende de las horas y del genio de un clima desquiciado. Los sembradores de papa y cebolla, en las localidades rurales, suman pérdidas y aguzan estrategias para derretir la escarcha.

En la calle se filosofa sobre el cambio climático, la inversión térmica, el apocalipsis. Los pronósticos de los entes oficiales concernidos se cumplen a cabalidad... con posterioridad a los hechos. Los institutos que miden el ambiente son buenos profetas del pasado.

Las tres ciudades, páramo en la madrugada, tierra caliente al mediodía, incertidumbre nocturna, obligan a una vida anfibia. Los caminantes mañaneros de los cerros orientales usan guantes de lana antes de que las manos amoratadas comiencen a quebrarse en pedazos.

Sombreros vueltiaos y camisas floreadas hacen de las dos de la tarde una hora para meterse a un mar que está a mil kilómetros. A la hora de la luna llena, rotunda, más vale acogerse a las cábalas de los astrólogos que siempre anuncian la siguiente aparición similar del satélite rubicundo para dentro de trescientos años.

La demencia del tiempo invita a la introspección. ¿Quién manda más, la naturaleza o el hombre? ¿Cuántas décadas nos quedan sobre este planeta sin cordura? ¿Serán estos contratiempos celestes preparativos sicológicos para lo que se avecina? ¿Dónde nos cogerá el estallido final de todas las cosas?

No se necesita ser ave de mal agüero. Basta con mirar para arriba, con sentir en la piel los lancetazos del hielo o del fuego. La memoria personal no registra una edad en que la tierra haya ofrecido tan aplastantes argumentos. Con todo, una terquedad enquistada nos sopla que somos inmortales.

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