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Luis Carlos Villegas
Columnista

Luis Carlos Villegas

Publicado el 18 de enero de 2022

Ucrania sin Ucrania

Por Luis Carlos Villegas

Es curioso que la crisis que vive la frontera de la Otan con Rusia en Ucrania tenga protagonistas que han llegado al poder desde los más diversos orígenes. De un lado está el señor Putin, extraño líder que no encaja en este siglo y que ha dado muestras de desear la resurrección del imperio ruso. Lleva más tiempo en la cima del poder en Moscú que casi todos los zares y que todos sus antecesores no imperiales. Se incomoda con la democracia; apela a un raro “fascismo cristiano” que rima bien con sus antecedentes y hace uso de la “democracia dirigida”: lo que se puede resolver rápidamente por la vía democrática se resolverá así y para lo que no se pueda se usarán otros métodos. Y, claro, es él quien decide cuándo se hace en democracia y cuándo no. Ha gozado el presidente ruso de gran popularidad, recientemente deteriorada, hecho de gran importancia en la actual crisis con la Otan, la Unión Europea y los Estados Unidos. Como buen exespía y exdirector de los servicios que sucedieron a la KGB, sabe que después de una caída en su prestigio debe crear hechos que vuelvan a poner sus decisiones en el centro vital de los rusos. Lo hizo con la guerra de Chechenia, la masacre de los rehenes de la escuela de Beslán y del teatro Dubrovka, las bombas del metro de Moscú, la invasión a la Crimea ucraniana, el apoyo a al-Asad en Siria y con la persecución a sus antiguos aliados empresariales, convertidos por Putin, a pesar de ser muchos sus colegas exespías, en enemigos políticos. Persigue opositores con métodos non sanctos y sin remordimientos: cárcel a Jodorkovski en lo empresarial y a Kaspárov, el genio ajedrecista, en las ONG; a Ana Politovskaya, periodista, muerta; a Litvinenko en el espionaje, envenenado con radiación en su casa londinense; a Navalni desde lo partidista, casi envenenado. Protector de Chávez, de Maduro y de Ortega, no esconde su autoritarismo y lo contagia.

Pasó depresidente a primer ministro cuando no podía ser constitucionalmente reelegido; y volvió a la presidencia después de reformas apropiadas. Putin podrá ir hasta el 2036, cuando cumpliría 84 años.

Un buen número de rusos añora la “grandeza” de la URSS. No les importan las limitaciones del comunismo si la gloria nacional está salva. A Putin se le dice “líder de la nación” y es a él a quien Occidente tiene por delante.

En Ucrania está el farandulero presidente Zelensky. Director de cine y guionista, comediante, imitador y presentador. Su principal papel fue en una serie de tv en la que interpretaba al presidente ucraniano. Tuvo tal éxito que fue elegido en propiedad después de una campaña toda virtual. Ofreció abrir a referendos las membresías de la Otan y la Unión Europea y eso justifica para Putin sus amenazas de guerra repitiendo la invasión de 2014.

Para rematar, el alcalde de Kiev es el señor Vidal Klichkó, excampeón mundial de pesos pesados en boxeo. Entusiasta contra Rusia y Putin, llama a la resistencia civil frente a la amenaza de ocupación y está en la carrera presidencial.

Estos son los protagonistas de la crisis en Ucrania: un espía, un humorista y un boxeador. Será por eso que las conversaciones sobre Ucrania se están dando sin Ucrania.

Revive la crisis de los misiles rusos en Cuba de 1962. La solucionó Kennedy sin Cuba, con una visión global, pero con una premisa que sigue siendo válida para toda potencia: no permitir que países limítrofes representen amenaza a su seguridad nacional. Los misiles rusos se fueron de Cuba, pero también los de EE. UU. de Turquía seis meses después. Más allá del autoritarismo de Putin, una Ucrania en la Otan es para Rusia lo que era para EE. UU. Cuba con misiles rusos.

La crisis que tiene a Europa al borde de la conflagración solo se resuelve garantizando la seguridad de los involucrados: restringiendo por ahora la expansión de la Otan y de la Unión Europea y negociando el retiro ruso de la frontera ucraniana y ojalá el final del apoyo a Venezuela, Cuba y Nicaragua. La Guerra Fría en pleno 

Colprensa

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