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Carmen Elena Villa Betancourt
Columnista

Carmen Elena Villa Betancourt

Publicado el 14 de julio de 2021

Un viaje en medio del cierre de fronteras

En Chile (donde vivo) las fronteras están cerradas desde el 28 de marzo. El motivo sigue siendo el mismo: Evitar que los viajeros sigan llevando y trayendo el covid-19. Para salir del país es necesario pedir un permiso especial en la comisaría virtual de los carabineros de Chile, adjuntar documentos y justificar los motivos del viaje. Y así obtuve hace poco un permiso para viajar a Colombia.

Fue impresionante llegar al aeropuerto Arturo Merino Benítez de Santiago y encontrarlo casi vacío, sentir sus pasillos fríos (no solo por el invierno que azota en esta época al hemisferio sur sino también por el poquísimo flujo de gente). Al punto de que los funcionarios que atendían en los counters de las aerolíneas estaban viendo fútbol mientras esperaban que uno que otro viajero chequeara sus maletas.

Para llegar a aquel lugar hay que pasar por muchas pruebas. Es necesario llevar su PCR negativo, el permiso de carabineros para salir de Chile y el permiso del gobierno colombiano para ingresar a este país. Y uno cruza los dedos cada vez que tiene que gestionar uno de estos documentos...

Ese día en el aeropuerto no había grupos de viajeros aglomerados esperando esta apertura. Tampoco había hombres de negocios albergando su turno ni mucho menos había grupos de excursionistas contando los minutos para iniciar su viaje soñado. Carecía el aeropuerto de alguna parejita que quisiera darse una escapada romántica quizás a alguna playa de El Caribe. Tampoco había familiares que entraban a aquel recinto para despedir o recibir a sus seres queridos con un abrazo o unas lágrimas seguidas por un “hasta pronto”. En la entrada del terminal aéreo se encontraba un vigilante que permitía el paso sólo a quienes estuviéramos próximos a abordar algún avión. Por ello se encontraban nada más algunos transeúntes que rondaban los pasillos con sus maletas y verificaban sus documentos de viaje.

Es impresionante ver en las salidas internacionales la mayoría de tiendas cerradas, y las pocas que están abiertas (solo dos en este caso) estaban vacías. Los que atendían en las cajas estaban quedándose dormidos. Al mirar el tablero con los aviones que despegarían esa noche (eran las 11 p.m.) solo vi que salían cuatro vuelos cuando normalmente de Santiago salen aviones hacia 48 destinos internacionales diferentes. Los pasajeros mantenían el distanciamiento social y el aeropuerto había retirado la silla del medio en las salas de espera. El avión que me llevó a Bogotá iba vacío unos dos tercios. Al regresar a Chile es necesario hacer cuarentena de diez días en total aislamiento y los funcionarios del Ministerio de Salud van a fiscalizar que se esté cumpliendo este requisito. Y aún así, la cepa Delta se coló entre los pocos viajeros que llegan.

Esta es solo una de las muchas consecuencias (y quizás una de las menos graves) que ha dejado esta pandemia que no termina. Ojalá nos sigamos cuidando todos para poder retornar a una normalidad que añoramos y en la que podamos volvernos a encontrar sin trabas ni restricciones.

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