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Francisco de Roux
Columnista

Francisco de Roux

Publicado el 04 de octubre de 2015

Una sola carne

El domingo es un día distinto. Un día para disfrutar y celebrar las maravillas de la vida. Para compartir en familia y con la gente que queremos. Para dedicar un rato al silencio donde accedemos al misterio que nos desborda y ama, en lo más profundo de nosotros mismos, y para encontrar en lo más íntimo la fuente de nuestra energía espiritual y las mociones profundas que nos permiten acceder paulatinamente a la sabiduría.

Este momento con nosotros mismos se enriquece cada semana con un texto de la Escritura para saborear y compartir en familia y con amigos. Hoy el texto tiene la cruda belleza totalizante del amor humano: “Los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”.

No somos la causa de nosotros mismos. Se nos regaló la vida. Somos creados. Creados en la extraordinaria diferencia de cada una, de cada uno, por un amor que nos visualizó y nos amó de manera absoluta, desde siempre y para siempre. Creados a través de la evolución y por eso esperados desde hace miles de millones de años, cuando la aparición de nosotros era casi imposible. Llamados por un amor que atravesó todas las vicisitudes de miles de parejas de 70 mil años de homo sapiens hasta hacernos cada vez más probables el día que nuestro papá y nuestra mamá se entregaron mutuamente.

Somos creados hombre y mujer. Maravillosamente distintos, radicalmente iguales en dignidad y fundados en la necesidad mutua, particular, visceral, sorpresiva, que toma a la mujer y al hombre para la aventura libre de una relación única que les permite comprender el misterio de amor que los llamaba desde siempre, que los convierte en signo de ese amor y les hacer sentir su exigencia fuerte y bella de abandonar la casa paterna para fundar esa esperanza, en fidelidad, en riesgo compartido un nuevo hogar, y dar lugar a través de ellos a la pasión del amor que origina nuevas vidas amadas.

La extraordinaria maravilla de nuestra vida humana tiene muchas formas de existencia que nos exigen respeto y acogida. La diversidad de géneros y relaciones de géneros. El cruce de las culturas y la riqueza de las religiones. El símbolo del celibato y la virginidad cuando son asumidos libremente por las causas más grandes. La incertidumbre sobre la estabilidad misma de las parejas. Pero sea cuales fueren los géneros, las culturas, las opciones, las separaciones inevitables; siempre estará allí, como símbolo privilegiado del amor que da fundamento al Universo, como acontecimiento único de la entrada de cada uno de nosotros a la vida y a la historia, la entrega del hombre y la mujer que lo dejan todo para ser una sola carne.

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