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Juan David Ramírez Correa
Columnista

Juan David Ramírez Correa

Publicado el 17 de diciembre de 2019

Vallenato traqueto

El primero que suelte un fogonazo verbal es el chacho. Esa es una perversa lógica que opera en Colombia. Tan perversa que les permite a muchos opinar como si fueran personas entradas en botellas de licor. Bajo esa lógica, la opinión pública -que se construye por arte y gracia de la confianza- termina orientada por cuentos estigmatizadores y absolutistas, que poco ayudan a un país en el que los sentimientos están a flor de piel y cualquier cosa salida de tono, genera encrispaciones de padre y señor mío. Es que es el tonito, mijo, me decían.

¿A qué viene esta introducción? Explico. En días pasados sucedió algo que algunos pueden calificar de superfluo, pero es muy deciente a la hora de hablar de esos líderes que opinan porque sí, porque no o porque “ajá”. Me refiero a la absurda calificación que Gustavo Petro hizo del vallenato, al encajar el género en el “traquetismo”.

En su cuenta de Twitter, el tipo quiso elogiar a la cantante vallenata Adriana Lucía, quien convocaba a asistir al concierto Un canto x Colombia. Pero soltó esta perla: “La cantante Adriana Lucía, a diferencia del canto vallenato que se alejó del campesino y se entregó al traqueto, es la vuelta al cantor, el cantor hace arte porque expresa el alma de su pueblo en un momento de la historia. Esa sensibilidad se llama conciencia social”.

Salida de tono la frasecita. Una ligereza donde se notan las ganas de pegar forzadamente -con babas, diría alguno- el valor cultural de la música con fenómenos sociales y económicos como el narcotráfico y el inconformismo popular que vive en el país. En el contexto en que vivimos y viniendo del personaje que lo escribió, les aseguro que la frase no obedece a un análisis semiológico, antropológico ni sociológico. Por el contrario, amalgamar el valor cultural del vallenato con el narcotráfico, obedece al estilo “quiero llamar la atención para enredar más la cosa”.

Esos son los fogonazos verbales que crean divisiones, profundizan resentimientos y estigmatizan e imponen conceptos maniqueos en función del gusto por el poder. Con cosas así, Petro también podría estar diciendo que los rockeros son marihuaneros consumados, que quienes escuchan música electrónica, pues son peperos, gente dedicada a las drogas sintéticas, y si esto fuera tierra de rancheras, según su lógica, pues le tocaría ratificar eso de que se “entregaron al traqueto”.

Ese trino fue una sumatoria de cosas que parten de una falta de sindéresis muy grande, que lleva al reduccionismo contextual en el que Petro nos ha querido meter. Uno no puede estar pegándose de cualquier cosa para justificar una Colombia más humana, porque termina diciendo cosas innnecesarias. Ojalá que los petristas que escuchan vallenatos en esta época de celebración navideña y de fin de año, no terminen con cargo de conciencia por disfrutar esa música traquetizada.

PS: Esta columna va a descansar un poco y regresa el 28 de enero de 2020.

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