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The New York Times
Columnista

The New York Times

Publicado el 20 de diciembre de 2014

VENGAR LA MUERTE DE LOS NIÑOS DE PESHAWAR

Por
Mira Sethi
y Shehrbano Taseer
redaccion@elcolombiano.com.co

A las 3:00 p. m. del miércoles, polvo y luces teñían la ciudad. Afuera del Hospital Lady Reading, donde cinco muchachos musulmanes estaban luchando por sus vidas, un cristiano había llegado con flores.

“No puede entrar”, le dijo un oficial vestido de civil. “Pero estas rosas”, suplicó el cristiano. “Puede entregarme las flores a mí”, dijo el oficial. “Gracias”.

El oficial se dirigió a nosotros. “Los cristianos han cancelado la Navidad, ya ven”, explicó, en honor a los niños asesinados aquí esta semana.

Dentro de la unidad de cuidados intensivos, un muchacho de 17 años llamado Zunain estaba tendido en una de las camas. Recibió seis disparos. Sus ojos verdes, la única parte del cuerpo que podía mover, miraban de un lado a otro de la pared. Su madre, Mehrunnisa, le mostró una chocolatina Cadbury. El chico se volteó. Las uñas de sus pies estaban cubiertas con una costra de sangre.

Afuera de la unidad, en el aire frío de la frontera, cadáveres cubiertos con colchas pesadas eran trasladados. Parientes pasaban por el patio de mármol, revisando a sus hijos un minuto, evadiendo a periodistas invasivos.

“¿Cómo se siente después de una tragedia como esta?”, preguntó un periodista. “¿Cómo se siente hacia su país, Pakistán?”.

Mehrunnisa empezó a llorar. La cámara se enfocó en ella. “Quisiera decir...”, dijo, “quisiera decir nada”.

Alrededor de las 10 de la mañana del martes, nueve militantes se vistieron con chalecos suicidas y asaltaron el Colegio Público del Ejército en Peshawar. Asesinaron a 145 personas, 132 de ellos estudiantes.

El Talibán Pakistaní, quien se hizo responsable por el ataque, eligió el colegio porque allí estudian los hijos del personal militar. Hace seis meses, el ejército pakistaní cambió su estrategia. Después de muchos años de apoyo a selectos grupos islámicos para perseguir ciertas “necesidades” estratégicas, el ejército finalmente decidió desmantelar al Talibán “malo”. El Talibán tomó represalias con el asesinato de 132 estudiantes.

La masacre desató una ola de horror por todo el país. Por demasiado tiempo los pakistaníes se han negado a aceptar la presencia de terror a su alrededor. Cuando en enero y febrero de 2013 dos bombardeos causaron la muerte de por lo menos 180 chiítas hazaras en Baluchistán, la respuesta del país fue: esta es la desafortunada focalización hacia un grupo minoritario. Cuando en mayo del 2010, 100 personas murieron cuando una mezquita Ahmadí fue bombardeada en Lahore, la respuesta fue: esta es la desafortunada focalización hacia un grupo minoritario. Cuando en octubre de 2012, Malala Yousafzai recibió disparos en la cara, la respuesta fue: esta es la lamentable focalización hacia una niña atrevida. Ahora, 132 niños inocentes han sido asesinados. ¿Encontraremos la forma de hacer que también esto tenga lugar en una narrativa?

Intencionalmente, los políticos convencionales de Pakistán han divulgado teorías de conspiración para frustrar la posibilidad de desarrollar un consenso nacional contra el terrorismo. Imran Khan, la estrella de criquet convertido en político de la oposición, se ha puesto al frente de esta misión. Hasta que el ejército lanzó su operación, Khan había popularizado una narrativa acerca de la necesidad de “hablar” con los terroristas. La postura cogió tanta fuerza en el Pakistán urbano que los partidos convencionales se veían reacios a oponerse por temor a perder votos en las elecciones de 2013. Khan insiste en que es la corrupción, y no la debilitación del Estado, el peor mal de Pakistán.

Por su parte el Primer Ministro Nawaz Sharif ha demostrado sorprendente confusión de cara a un público cada vez más agresivo y ultranacionalista. El día después de la masacre, Sharif puso fin a la moratoria en cuanto a la pena de muerte, con el fin de provocar miedo entre los delincuentes. Pero su gobierno es famoso por dichas medidas cosméticas.

El partido de Sharif no tiene inconveniente con forjar alianzas con grupos sectarios. Poco esfuerzo ha hecho por crear una narrativa antiterrorista o fortalecer a las debilitadas cortes policiales y antiterroristas. Los líderes de organizaciones terroristas prohibidas viven libremente en ciudades de Pakistán, son invitados especiales en programas de televisión y organizan mitines políticos. El currículo educativo de Pakistán está lleno de exhortaciones religiosas, mientras que las madrazas se propagan, sostenidas por la generosidad saudita.

Cuando un periodista le preguntó si condenaría al Talibán, que ya había tomado responsabilidad por el asesinato de esos niños, Khan respondió: “La situación aún no está clara. Déjenme llegar a Peshawar y establecer los detalles.

La situación jamás ha sido tan clara. Es hora de hacer a un lado las delirantes ideas de amenazas de “fuerzas extranjeras” y la idea de que nuestros problemas son conspiraciones complejas ingeniadas por otros. Nuestro gobierno no tiene que “conversar” con el Talibán. Lo tiene que enjuiciar.

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