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Publicado el 05 de septiembre de 2021

Vicente y el amor

Por Ana Iris Simón

redaccion@elcolombiano.com.co

Mi abuelo Vicente se deja, cada noche, las pastillas del día siguiente preparadas, la bolsa de manzanilla en el vaso y las rebanadas de pan en el tostador porque dice que “cosa hecha no corre prisa”. Apenas ha amanecido cuando se hace la prueba del azúcar, barre el salón ―la escoba también se la deja preparada por la noche― y se avía.

Del garaje coge su coche biplaza y aunque el motor mete mucho ruido sintoniza Radio Olé. Hace casi el mismo recorrido todos los días: la panadería del Orejón, el Quinta, donde se toma el café, el hogar del jubilado, el supermercado, que ha ido cambiando de nombre, pero que él sigue llamando por el antiguo. Y, desde hace dos años, también el cementerio.

Solía decir que las flores eran de mi abuela porque no valían para nada, que él solo plantaba “cosas que sirvieran”, y por cosas que sirven entiende, claro, que se coman. Pero, cuando hace dos años ella murió, puso un tiesto con flores sobre su lápida como excusa para ir a visitarla todos los días. Si vas con él a regar y a ver la finca―que así la llama―, te cuenta que hay un gato que se bebe el agua del plato, que al rosal de allí le ha salido pulgón y te enseña las otras casas de sus amigos: va señalando, “este era quinto mío”, “este murió muy joven”.

Otra cosa que hizo al irse mi abuela fue empezar a hablar de ella todo el tiempo. Él, a quien casi nadie había pillado nunca en el renuncio de expresar sentimiento alguno, no pierde oportunidad de recordar cómo se conocieron, de ordenarte que coloques eso en tal sitio porque así lo mandaba ella o de lamentar lo mucho que la echa de menos. Un día me contó que bromeaban a veces con quién prefería morirse antes y que él solía pedirse el último, pero que ahora se arrepiente. Que sí, que está rodeado de hijos, nietos e incluso bisnietos, pero que ella no está. Y que si enamorarse significa la posibilidad de un futuro, no tenerla cerca es lo más parecido a carecer de presente.

No fue leyendo a Eva Illouz ni a Brigitte Vasallo ni a Ortega que comprendí el amor: fue escuchando las historias de mi abuelo Vicente en su comedor con la persiana a medio cerrar. Oyéndolo hablar de la abuela entendí que el amor es dejar de plantar solo cosas que sirvan y regar, cada día, un tiesto con flores en su honor.

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