Hay que aceptar que los villancicos, que ya empiezan a llenar los aires de Navidad, se han convertido en un himno a la nostalgia. Lo que no es tan inocente como parece, porque la nostalgia frena la visión de futuro, lo atrapa a uno en el pasado y convierte el presente en un muestrario de despojos humanos, de vigores apagados, de endebles ensoñaciones.
La tentación de la nostalgia es fatal. Aparentemente no hay peligro. Los recuerdos, como los muertos, suelen ser inofensivos. Por eso se pueden manosear impunemente. Y a todos en cierta forma nos encanta sestear al sombrajo de las añoranzas para disimular nuestra cobardía frente al presente y, sobre todo, el miedo tremendo que le tenemos al futuro.
Porque de eso se trata: de ser fiel al futuro que,...