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Sara Jaramillo Klinkert
Columnista

Sara Jaramillo Klinkert

Publicado el 09 de junio de 2022

Violencia aeroportuaria

En los últimos tres meses tuve que tomar quince vuelos y enfrentar varias pesadillas aeroportuarias. Perdí conexiones y maletas. Cancelaron vuelos. Enfrenté turbulencias y hasta tuve un aterrizaje forzoso en un lugar diferente al planeado. Estuve varada en sitios a los que, de otra manera, jamás habría ido. Esperé casi tres horas al teléfono para llamar a una aerolínea que, al final, no me resolvió nada. Pagué hoteles, taxis y comidas que nadie me va a reconocer. Fui maltratada por funcionarios de diversos rangos. Los peores son los que están a cargo de los chequeos de seguridad. Pareciera que detestan su oficio y desfogan su frustración laboral tratando a la gente a las patadas. En su afán de hacer cumplir normas y protocolos, atropellan a los viajeros y los violentan de maneras que se han ido normalizando. Imagino que alguna vez fueron pacientes y amables, pero el oficio mismo les drenó cualquier asomo de humanidad.

De regreso a casa, al final de semejante pesadilla, me dolía la espalda y estuve agotada física y mentalmente durante varios días. Pensé en mi madre, en mis tías, en las personas mayores que conozco y me pregunté si serían capaces de enfrentar con éxito jornadas como esas. Con certeza puedo decir que no. En especial después de ver a un funcionario regañando a una señora de la edad de mi madre, que a duras penas podía cargar su propio equipaje y ni siquiera comprendía el regaño porque no hablaba inglés. Creo que viajar se ha vuelto una actividad demandante y compleja que está excluyendo a las personas de edad. Lo anterior me preocupa porque es negarles la posibilidad de movilizarse, de pasear, de visitar a sus seres queridos.

Otra cosa que me preocupa es la normalización de la violencia y los abusos. Todos los aceptamos sin rechistar, agachando la cabeza, sintiéndonos culpables hasta que demostremos lo contrario. No nos quejamos, quizá porque perder un vuelo parece un mal mayor y nadie quiere perder tiempo en denuncias que no serán atendidas. Los viajeros nos conformamos con migajas, pese a ser clientes que hemos pagado por un servicio completo. Perdemos un montón de dinero, pues los canales de atención de las aerolíneas están diseñados para que nos cansemos de esperar y renunciemos a reclamar aquellas cosas a las que tenemos derecho.

La experiencia de vuelo, de un tiempo para acá, viene desmejorado y precarizándose. Cada vez hay menos espacio para las piernas, menos pantallas para entretenerse y menos comida. O ninguna. Antes tenían la excusa del covid para no ofrecerla, pero ya hay lugares en donde ni siquiera exigen mascarilla a bordo. ¿Cuál es entonces la excusa para no ofrecer alimentación? El peso de las maletas también nos han obligado a reducirlo y los cobros por el exceso de equipaje son, francamente, abusivos. En total, estamos pagando tiquetes al mismo precio de siempre (o más) por un servicio que ofrece la mitad de lo que solía ofrecer. Y todo, absolutamente todo, ha ocurrido frente a nuestras narices 

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