Contemplar el mar al caer la tarde, sentir el rumor de las marejadas y dejarse acariciar por la brisa suave que penetra todos los poros, golpea las palmeras y trae los susurros de los enamorados; observar los rayos del sol posados sobre las olas cuando forman maravillosas sábanas de plata, que se desplazan como serpientes al acecho.
A lo lejos desfilan los veleros y las ilusiones cabalgan sobre ignotos corceles; un penacho de luna asoma en su ciclo creciente. Los árboles se mecen y caen sus viejas hojas somnolientas; los cocoteros han crecido en medio del canto repetido del piélago y sus rompientes trasnochadas lloran por las nubes que se alejan sigilosas.
Es un eterno ceremonial que se repite a diario, con sus horas y sus minutos; el mar por...