La afilada pluma de Theodore Dalrymple puso de manifiesto hace un par de años cómo en la victoria electoral de Trump había jugado a su favor el sentimiento de menosprecio (ético y estético) que el stablishment demócrata e intelectual en general había manifestado hacia la parte de la ciudadanía dotada de opiniones toscamente conservadoras o rurales. Clinton los predefinió como “el cesto de los deplorables”, es decir, “los racistas, sexistas, homófobos, xenófobos, islamófobos” y todo lo que quiera añadir el lector políticamente correcto. Porque, y ese fue el gran error de los progresistas, consideraron que quienes tenían opiniones erróneas sobre la inmigración, el matrimonio homosexual, o las razas, no solo estaban equivocados, sino que eran personas...