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Publicado el 21 de enero de 2022

Ya estamos (casi) en guerra

Por Berna González Harbour

En cuanto olieron la sangre, las tropas rusas se movieron a Kazajistán con la misma velocidad de los insectos atraídos por una luz encendida en medio de la noche. Ahora se despliegan en Bielorrusia para hacer “maniobras”, como también rodean parte de Ucrania con una poderosa contumacia (cien mil soldados) que nos recuerdan quiénes fueron. Y quiénes son.

Para aquellos dormidos en los laureles (la mayoría), hay varias cosas que recordar: invadieron Crimea y se la quedaron; derribaron un avión de un vuelo comercial entre Holanda y Kuala Lumpur como si tal cosa; y mantienen un conflicto abierto en el este de Ucrania en el que han muerto ya catorce mil personas. ¡Catorce mil personas! Ya es una décima parte de lo que dejó la última y salvaje guerra en continente europeo, la de Yugoslavia.

Las migas que arrojan los acontecimientos para que vayamos recorriendo el sendero del conflicto nos van entreteniendo como unas noticias más, pero pronto nos depositarán ante la mansión donde habitan los ogros: que es la agresividad de Rusia, su ansiedad por restablecer y exhibir su espíritu imperial y la ristra de cadáveres que podremos contemplar. Que ya podríamos, si quisiéramos.

Y parece que está lejos. Pero el giro estratégico de Rusia que acompaña este movimiento prebélico y bélico pasa por pagar mucho más caro el gas, pues ingentes cantidades que antes iban a Europa ya viajan rumbo a China, un cliente más voraz y menos exigente que nosotros. Los ciberataques se suceden. Y las sanciones europeas —el frustrante método de castigo que está en la mano de Occidente— desfallecen ante la nueva capacidad de Rusia y China de aliarse sin necesitarnos demasiado.

¿Cuáles son las soluciones? Aquí llega la contradicción. Europa y Estados Unidos pierden protagonismo, potencia y capacidad de maniobra en un nuevo universo en el que otros poderes consolidan su pujanza. El castillo de bienestar y derechos que conforma el Viejo Continente atrae a millones de inmigrantes que huyen del cambio climático y los conflictos, pero no está siendo capaz de atraer con eficacia a quienes buscan democracia. Esta ya no está de moda. El mundo ha cambiado sin que sepamos aún qué forma va a adquirir el futuro próximo: no será Guerra Fría, no será guerra mundial, ni será imperio de las democracias liberales; una nueva distribución del poder dará más a los autócratas y menos a los demócratas. Y en ese contexto llega una más que posible nueva guerra en Europa 

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