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Un incidente aislado puede hacer prender una guerra, pero las causas son siempre más profundas. En este caso, el detonante –el desalojo de familias palestinas en el vecindario de Sheij Jarrah en Jerusalén Este, en beneficio de nacionalistas israelíes– tocó cada nervio sensible del conflicto entre israelíes y palestinos.
Pero el núcleo del conflicto ha estado en Jerusalén. La ciudad dio a Hamás una oportunidad de oro para imponerse sobre el sector negociador de la Autoridad Palestina cisjordana y acabar con el liderazgo moribundo de su presidente Mahmud Abbas, que hace unas semanas canceló bajo presión israelí una elección legislativa, por temor a que Hamás (que gobierna Gaza desde 2006) la gane y extienda su control a Cisjordania.
Hamás ha lanzado un ataque con misiles a una escala nunca antes vista sobre ciudades israelíes. Incluso han lanzado salvas en Jerusalén y Tel Aviv, lo que ha obligado a la mitad de la población del país a correr a los refugios.
Israel claramente no puede proclamar victoria. La frágil coexistencia entre judíos y árabes dentro de sus fronteras ha sido sacudida. Mientras se intensifica la escalada de violencia, les ha quedado claro a los dos contendientes que la era de las guerras y victorias gloriosas ya pasó