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La Navidad es un momento maravilloso que nos evoca a los pesebres monumentales de la juventud que son de una enorme teatralidad. Es una época que evoca la alegría.
Sin embargo la Navidad en el mundo de hoy ha sido arrasada por un consumo feroz que nos consume. En los pueblos colombianos no se encuentran las tradiciones incólumes o puras. Ya está mezclado. Nos toca reconocer las mezclas y saber que con el mundo virtual en el pesebre ya hay naves espaciales y personajes de la guerra de las galaxias. En la cena de noche buena ya no hay tamales y buñuelos y natilla, sino también panetones o patee o un pavo gordo y gringo. Hay que preguntarse si el teléfono móvil debe estar a la izquierda o derecha del plato.
Ya no nos levantamos a media noche del 31 a abrazar al familiar o al amigo, sino que mandamos el último mensaje de WhatsApp a alguien que no lo va a ver ni lo va a leer, porque tenemos la ilusión de estar más allá de las fronteras.
La Navidad ha sido arrasada por el absurdo consumo que consume. Se ha acabado definitivamente con el encuentro, con el cara a cara, con las tradiciones más sencillas y simples que nos dieron consuelo durante mucho tiempo.
Hay que volver a la necesaria centralidad del encuentro.