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Editorial

Ahí estamos pintados

El alcalde de Barranquilla expuso con gran entusiasmo la idea de hacer un circuito de la Fórmula 1 en su ciudad y le cayó una tempestad de burlas y descalificaciones. ¿Quién tiene la razón?
Ahí estamos pintados
ilustración Elena Ospina Publicado el 26 de enero de 2022

El gran debate que ha generado el proyecto de que Barranquilla sea sede de la Fórmula 1 ha retratado de manera clara parte de nuestra idiosincrasia: más se demoró el alcalde Jaime Pumarejo en anunciar su idea que en aparecer decenas de memes y burlas destruyéndola.

Eso nos pasa a menudo. Acabamos a punta de chistes y chascarrillos con cualquier emprendimiento antes de entender siquiera sus argumentos. Somos expertos en producir cientos de opiniones, “a según”, sin conocer los datos. Y de fondo siempre está esa especie de complejo ancestral —que sacan a relucir de cuando en vez algunos compatriotas— de que Colombia no puede aspirar a nada en grande.

Por supuesto —también hay que decirlo—, las cifras para montar un circuito de Fórmula 1 son abrumadoras: puede llegar a costar cerca de mil millones de dólares para diez años. O, al menos, esos son los cálculos de lo que le va a costar a Miami, que inaugura en este año su circuito. Incluyendo la cuota que se debe pagar cada año a la F1 (entre 35 y 50 millones de dólares), el mantenimiento de las pistas y los equipos tecnológicos de punta (57,5 millones de dólares al año) y si toca hacer un autódromo (en algunas ciudades los carros ruedan en las calles), costaría cerca de 450 millones de dólares. Cuentan los entendidos en la materia que a Miami, la firma Liberty Media, dueña del espectáculo, le exigió tener disponibles 35 mil habitaciones de hotel. Y no propiamente de tres estrellas.

Si se tiene en cuenta que esos casi mil millones de dólares (cuatro billones de pesos) que costaría en diez años es lo que vale construir siete kilómetros del metro de Bogotá, entonces algunos pueden pensar que es una locura.

El alcalde de Barranquilla, Jaime Pumarejo, por el contrario, expone los beneficios que traería al país: argumenta que unos 320 mil espectadores de diez países suelen asistir a los circuitos durante los tres días que duran, que el gasto promedio por persona es de 600 dólares diarios y que estos turistas suelen viajar a otras ciudades del país. Para él es una inversión generadora de oportunidades.

Algunos dirán que son cuentas alegres. Pero lo cierto es que ninguna gran trasformación se hace o se da pensando en pequeño. O sin soñar. Enel mundo y en particular en América Latina hay grandes capitales que podrían querer financiar este tipo de aventuras. Aún más si eso significa potenciar el turismo, una industria muy exigente y en la cual Barranquilla quiere competir en las grandes ligas.

¿Por qué Colombia no puede aspirar a nada grande? ¿Por qué corremos a descalificarnos a nosotros mismos? ¿Por qué esa tendencia a sentir que somos un país pequeño y pobre que está fuera de toda liga?

Sobre este asunto habló bastante el sociólogo Everett Rogers en la década de 1960. Él sostenía que todos los adelantos evolutivos están sujetos a la denominada “ley de difusión de innovaciones”, según la cual la población de cualquier país se divide en función de su predisposición para adaptarse a los constantes cambios y avances relacionados con nuevos conocimientos y formas de hacer las cosas.

Ahora, habrá quienes digan que es una de tantas ideas que aparecen en época electoral y entonces ahí el análisis sería otro y, sin duda, no tendría mucho futuro. Pero por lo pronto estamos hablando sobre el supuesto de que el proyecto está construido con las mejores y genuinas intenciones.

Y nos da sobre todo la oportunidad de hacer un llamado: por más que la tendencia sea ridiculizar, porque eso es lo que da likes, más nos vale como sociedad caer en cuenta de que así como estos tiempos nos plantean grandes desafíos, también el capital y la tecnología nos ofrecen grandes oportunidades para afrontarlos. Toca es que cambiemos el chip.

Escuchémonos y, como se dice popularmente, démonos pasito. Puede que esta idea no funcione, pero bien valía la pena entender de qué se trataba antes de proferir juicios vacíos. Porque en palabras de Victor Hugo, “nada hay más poderoso que una idea a la que le ha llegado su tiempo”

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