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América Latina mira a China y vota por mano dura

El apoyo a la democracia, según Latinobarómetro, se estabilizó en 52%, una mayoría estrecha y lejos del 63% que la región todavía registraba en 2010.

hace 4 horas
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  • América Latina mira a China y vota por mano dura

El Latinobarómetro 2026, el informe que desde 1995 le toma el pulso a la democracia en la región, esta vez con 19.207 entrevistas en 17 países, retrata una América Latina que ve con mejores ojos a China que a Estados Unidos, y que castiga en las urnas a quien no le entrega seguridad, algo que Brasil acaba de confirmar.

Por primera vez desde que Latinobarómetro compara la influencia de las dos potencias, los latinoamericanos consideran más positiva la de China que la de Estados Unidos: 65% frente a 57%. Apenas en 2020 la relación era la contraria: 48% para Pekín y 60% para Washington.

Lo llamativo es que Colombia, pese a todo, no sea la excepción. El país sigue siendo uno de los más volcados hacia Estados Unidos: es su aliado histórico en la región, el único grande de Suramérica cuyo principal socio comercial no es China y, además, tiene hoy buenas perspectivas de estrechar esa relación bajo la presidencia de Abelardo de la Espriella, como lo muestra el reciente anuncio de que Colombia hará parte del Escudo de las Américas que lidera Donald Trump. Aun así, según Latinobarómetro, el 69% de los colombianos ve con buenos ojos la influencia de China, frente al 60% que dice lo mismo de la de Estados Unidos, y apenas el 59% considera buenas las relaciones con Estados Unidos, solo por encima de México, mientras el 70% califica así las relaciones con China.

No hay que subestimar, en Colombia y en la región, la lucha por el poder blando: la capacidad de un país de influir a través de la cultura y la ideología. Lo que han hecho Hollywood, Coca-Cola y tantos otros por posicionar a Estados Unidos en América Latina se ha visto amenazado en los últimos años por los aranceles, las peleas con aliados históricos y la retórica antiinmigratoria de Trump. China, mientras tanto, está ganando terreno con una influencia sobre todo económica: infraestructura, TikTok, Temu y marcas aspiracionales como BYD, que de a poco se han ido colando en la vida de los latinoamericanos.

La pregunta es qué pasará cuando Trump deje la Casa Blanca: si bastará un relevo que cambie la narrativa, incluso uno hispano como Marco Rubio, para recuperar el terreno perdido, o si se impondrá el poder blando económico, cada vez más fuerte, de China.

Lo segundo que deja el informe es una región que no renuncia a la democracia como forma preferida de gobierno, pero que la quiere con resultados. El apoyo a la democracia, según Latinobarómetro, se estabilizó en 52%, una mayoría estrecha y lejos del 63% que la región todavía registraba en 2010. Colombia, con 58%, sigue siendo uno de los países que más la defienden, detrás solo de Argentina (73%), Uruguay (64%), Costa Rica, Chile y Venezuela (63%), y muy lejos de Guatemala (35%), Brasil (41%) y Honduras (42%), donde menos se la apoya.

Pero ese apoyo a la democracia no es incondicional: el 52% de los latinoamericanos afirma que no le importaría un gobierno no democrático si este resolviera sus problemas y el 63% cree que un poco de mano dura no le viene mal a su país. No sorprende, entonces, que Nayib Bukele siga siendo el líder más admirado de la región.

Y es que en la inseguridad y la corrupción se juega la legitimidad de los gobiernos. El 79% de los latinoamericanos cree que el crimen organizado tiene mucho o bastante poder y el 47% piensa que la batalla contra el narcotráfico se está perdiendo. En Colombia los números son peores: 86% y 53%, y apenas el 17% cree que el país está ganando la guerra contra el narcotráfico.

Con la corrupción pasa algo parecido. Solo el 34% percibe avances en su combate, el 78% desconfía de que sus impuestos se gasten bien y el 76% no se siente representado por su Congreso. Los colombianos, otra vez, están del lado equivocado de cada promedio: el 84% no cree que sus impuestos se gasten bien, el 79% no se siente representado en el Congreso y apenas el 16% está satisfecho con el funcionamiento de la justicia.

Con ese diagnóstico, el giro de la región era previsible. Desde 2024 se han celebrado doce elecciones presidenciales con siete alternancias, y casi siempre, el gobierno de Petro incluido, el castigo fue para gobiernos de izquierda bajo los cuales crecieron la inseguridad y el descrédito de las instituciones democráticas. Como en cambios de tendencia anteriores, los latinoamericanos probablemente no están eligiendo una ideología. Votan con el deseo de un gobierno que les cumpla: un voto pragmático, por descarte, por quien se vende como la solución a los problemas que más les duelen.

El domingo, en Brasil, Flávio Bolsonaro ganó la primera vuelta con el 47% frente al 45% de Lula y su partido quedó con la bancada más grande del Senado y de la Cámara. Falta la segunda vuelta del 25 de octubre, pero el mensaje de las urnas es el mismo que el de las encuestas: la región está votando, sobre todo, por mano dura contra el crimen y por la esperanza de que un cambio en el estilo de gobernar le cambie el rumbo a la corrupción. El reto de quienes ganan con esa promesa, en Brasilia como en Bogotá, es estar a la altura de unas expectativas altísimas, con un apoyo al sistema democrático que los elige cada vez más estrecho...

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