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Editorial

Anonimato en las redes: ¿sí o no?

Publicado el 17 de febrero de 2022

Con el regreso a la presencialidad escolar vuelve a hablarse del ciberbullying o ciberacoso a través de las redes sociales. Ese fenómeno que existe allá donde una microsociedad se forma: colegios, universidades, oficinas y empresas. Lo sufren ciudadanos comunes y celebridades, menores de edad y adultos. Cualquier persona está expuesta hoy en día a convertirse en la diana del odio del primer descerebrado que tenga acceso a una red social amparado en el anonimato que estas ofrecen. Y es entonces cuando surge la pregunta: ¿se debe acabar con el anonimato en las redes sociales para desintoxicar el ambiente que hemos generado y que nos asfixia?

Por no hablar del acoso masivo producto de bodegas llenas de usuarios falsos, tan de moda en esta época electoral y, sobre todo, tan dañinas en la democracia, pero de las cuales, en particular, nos ocuparemos en otro editorial.

La cibersaña, un término acuñado recientemente, es esa actitud de sabueso que elige una presa y no la suelta hasta sentir que la ha destrozado. Lo vemos a diario en sitios como Twitter, Facebook o Instagram, donde el anonimato favorece la sensación de impunidad. Y es que las redes dan para mucho: emitir odio, acosar, difundir calumnias e injurias, producir linchamientos; cometer delitos, suplantar identidades, extorsionar y alcanzar la infamia de la pederastia. Todo es posible bajo el amparo que da el permanecer oculto frente a un instrumento poderoso de difusión que no tiene límites claros.

Luego está ese mundo oscuro y subterráneo de los deepfakes, creaciones digitales hechas con algoritmos que aprenden a base de repetición y que después de codificar decenas de imágenes de rostros desde diferentes ángulos pueden sustituir la cara y la voz de una persona por la de otra. Una técnica que tiene sus orígenes en el mundo del cine, pero que pasó a convertirse en arma arrojadiza para acabar con la reputación de alguien, especialmente con la de mujeres que de la noche a la mañana ven cómo su rostro aparece en videos pornográficos. Según la compañía Sensity AI, entre el noventa y el noventa y cinco por ciento de todos los deepfakes en línea son pornografía no consensual y alrededor del noventa por ciento incluye a mujeres. Utilizar como arma la sexualidad de las mujeres se ha convertido en la nueva venganza de muchos. La han sufrido desde actrices famosas, como Scarlett Johanson o Emma Watson, hasta candidatas políticas de diferentes países. Aunque hay que reconocer que también se usa con los hombres y son muchos, incluido el mismísimo Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, quienes lo han padecido.

En medio de esta jungla surgen voces que se preguntan si no sería mejor que cada usuario participara en redes con una identificación clara. En su ensayo “Privacidad es poder”, Carissa Véliz, de la Universidad de Oxford, señala como responsables a los gigantes tecnológicos: “Las redes sociales ganan más dinero cuanto más se enganchen los usuarios. Y da la casualidad de que lo que más engancha son contenidos muy tóxicos y negativos”. Pero hay personas que consideran que los Estados no pueden delegar en las plataformas una especie de censura privada.

Porque en la otra cara de la moneda hay que pensar en el anonimato que beneficia, por ejemplo, a los disidentes en regímenes autoritarios; solo a través de seudónimos logran protegerse. También hay víctimas de abusos, personas que luchan contra adicciones o adolescentes lgtbi que encuentran personas afines gracias a no tener que dar su nombre verdadero. Solo basta leer un poco sobre lo que ocurre en China o Rusia, por ejemplo, para entender el porqué de quienes defienden esta postura.

Tal vez por lo anterior, en 2015, la Asamblea General de Naciones Unidas emitió un informe en el que defendía la protección sólida del anonimato como parte del derecho a la libertad de opinión y expresión en la era digital.

Sin embargo, es algo que tal vez el mundo tiene que volver a debatir y revaluar. ¿Hasta qué punto el anonimato en las redes les está dando armas letales a delincuentes o a corruptos? ¿Se justifica mantener esa amenaza por los beneficios que se mencionan atrás?

La cuestión es que en la mayoría de países no existe una regulación clara para manejar este asunto del ciberacoso. Alemania, la nación más estricta en este sentido, tiene una nueva versión de la ley de redes sociales para poder revisar y retirar contenido en internet de manera ágil. Esta herramienta es sumamente útil frente a esa otra postura generalizada de que las plataformas no son responsables de los comentarios u opiniones que se vierten en ellas.

En Colombia, el Comité Nacional de Convivencia Escolar protege a las personas que pueden ser víctimas de ciberacoso mediante la ley 1620 de 2013, pero esto no es suficiente. Al ritmo al que avanza la tecnología y al que crecen las realidades virtuales —metaverso incluido—, la reflexión de la sociedad sobre cómo proteger la dignidad humana, la integridad y la intimidad debe ser un reto constante que conduzca a tomar nuevas medidas 

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