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Ya hay quienes asumen que el testimonio que dará Mancuso será una verdad absoluta y revelada. Pero a todo testimonio hay que darle la perspectiva crítica que merece.
La verdad es un valor importante. Pero no todo lo que diga cualquiera en cualquier momento debe ser tomado como verdad. Estamos entre humanos y no entre ángeles, y sabemos que, en muchas ocasiones, hay intereses y propósitos que pueden llevarnos a faltar a la verdad. Ni qué decir de aquellas cosas que se afirman sobre hechos de la historia reciente, más cuando quien las dice es un protagonista de ellos, y más aún cuando esos hechos constituyeron crímenes horrendos.
Todo esto amerita que, al escuchar o recibir ese tipo de declaraciones, no lo hagamos como simples receptores pasivos, y no empecemos asumiendo que cada palabra que viene a continuación es una verdad indudable. Hagamos el ejercicio crítico.
¿En qué consiste ese ejercicio crítico? En muchas cosas: contrastemos con los hechos conocidos, contrastemos con el carácter de las personas a las que los relatos se refieren (en particular lo que, a título de hechos, conocemos de su trayectoria), verifiquemos afirmaciones fácticas, y muy especialmente, en particular cuando lo que se dice contiene acusaciones y señalamientos, pensemos si la persona que habla tendría algún interés oculto en hacerlo. ¿Qué interés? Cualquiera de tantos que viven en el corazón humano.
Uno de ellos es el deseo de revancha. Y aun cuando esto no constituye de plano una descalificación de los testimonios que, según se anuncia, dará próximamente ante la Jurisdicción Especial de Paz (JEP) Salvatore Mancuso, es inevitable preguntarnos si el deseo acumulado de revancha y venganza pueda estar tras algunos de estos testimonios. Más cuando, al hacerlo, Mancuso no tiene nada que perder.
Mancuso, recordemos, fue uno de los más importantes jefes del paramilitarismo en Colombia, que empezó su carrera delincuencial en Córdoba y el Bajo Cauca antioqueño, convirtiéndose luego en uno de los líderes del paramilitarismo a nivel nacional. A su haber, por tanto, hay asesinatos, masacres, secuestros, desapariciones y muchos otros delitos como el tráfico de drogas.
No por esto vamos a desestimar su testimonio: somos perfectamente conscientes de que, al tratarse de fenómenos criminales organizados y extensos, el testimonio de quienes participaron en ellos, así se trate de personas de conducta condenable, es una de las principales fuentes, y lo es para periodistas, para historiadores y para la justicia.
Lo que nos preocupa de este testimonio es otra cosa. Mancuso fue beneficiario del proceso de paz que se hizo con los grupos paramilitares en la administración Uribe, el famoso proceso de Santa fe de Ralito. Como beneficiario de este accedió a un tratamiento judicial muy generoso si consideramos la magnitud de sus crímenes. Por cierto que esto, la generosidad con el crimen en virtud de una supuesta paz, es una costumbre colombiana a la que en algún momento hay que poner fin.
Recordemos, sin embargo, que en mayo de 2008 Mancuso fue sorpresivamente extraditado a Estados Unidos por el mismo gobierno de Álvaro Uribe, junto con otros trece líderes del paramilitarismo, tras la reiterada comprobación de que seguían incurriendo en actividades delictivas. Mancuso, quien contaba con que en adelante gozaría de una reclusión cómoda en Colombia, y que desde ella podría seguir con sus negocios criminales, alberga desde ese momento una mezcla explosiva de frustración y deseo de venganza que ha dejado ver en numerosas declaraciones.
¿Que el testimonio de Mancuso es necesario y bienvenido? Claro que lo es: no en vano fue un partícipe central de los hechos trágicos de aquella Colombia. Lo que nos preocupa es lo que percibimos como una disposición absoluta, casi celebratoria, a asumir sus palabras como verdad indudable.
A ellas hay que aplicarles la perspectiva crítica que cualquier testimonio merece. Ya veremos, sin embargo, a sectores de la izquierda, encabezados tal vez por el propio gobierno, replicando automáticamente lo que Mancuso diga sin la más mínima reflexión ni examen.
Esa reflexión no puede perder de vista el hecho de que, con los años, Mancuso probablemente haya acumulado un deseo de venganza contra aquella administración que lo extraditó a Estados Unidos, frustrando así sus planes de delinquir cómodamente en Colombia. Al fin y al cabo, ¿qué tiene que perder si se desata en una cascada de mentiras? Ya nada, después de haber pasado quince años en prisiones norteamericanas.
Indicio de que este puede ser su propósito es la apelación que anunció contra la medida de la JEP que lo aceptó: considera que se le debe dar una especie de garantía de impunidad, que para él y sus ánimos de revancha sería lo más cómodo. Sin embargo, hace dos días la JEP negó la tutela que este había interpuesto, porque no encontró las pruebas suficientes para afirmar que las amenazas al ex jefe paramilitar se habían intensificado, como él lo afirmaba, una vez se reveló información de las audiencias reservadas. Esto apenas está empezando.
A Mancuso lo escucharemos, pero lo haremos con espíritu crítico y enfoque analítico. No vamos simplemente a tragar entero.