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Editorial

Aún no despega

Hay que restablecer la confianza y controlar los abusos en los puestos de la frontera colombo venezolana.
Publicado el 14 de noviembre de 2022

Una de las primeras promesas que no tardó en cumplir el presidente Gustavo Petro fue la de abrir la frontera con Venezuela, que estaba cerrada desde hace siete años por las tensiones entre los dos países.

Con el paso del primer camión por el puente Simón Bolívar, que no pasaba desde 2015, se dio inicio a una nueva etapa en las relaciones de estos dos países, que han pasado por muchos altibajos tras la llegada del chavismo al poder. Petro calificó la reapertura como un día histórico para el país, para la región y para América del Sur, al tiempo que señaló que esperaba que las primeras beneficiadas fueran las personas que se arriesgaban por las trochas para pasar de un país al otro.

Por eso llamó la atención que a las pocas semanas de este hecho el mandatario haya reconocido que la apertura no está operando como lo esperaban. “Abrimos el puente, nos dimos la pela, corrimos el costo político y la economía sigue pasando por la trocha, porque allí, uniformados y funcionarios, de allá y de acá, están cobrando la comisión”, dijo en Cúcuta al advertir que “esas trochas se cierran porque se cierran”.

Este tema debió ser uno de los puntos que se trataron en la reunión de Petro y Nicolás Maduro en Caracas, en la que se discutieron aspectos relacionados con el cambio climático, la selva amazónica y la seguridad, que es otro de los grandes problemas en las zonas de frontera donde operan toda clase de grupos al margen de la ley. Norte de Santander es uno de los más afectados por la presencia de grupos que explotan el cultivo de coca y que tiene a Tibú como el municipio con mayor área sembrada del país, con 22.000 hectáreas

Sobre el tema de las trochas los hechos son tozudos. Cientos de personas y de vehículos siguen transitando por decenas de pasos ilegales, exponiéndose a toda clase de peligros, en lugar de cruzar por los recién abiertos puentes Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander.

Detrás de este comportamiento está el hecho de que, como lo denunciaba el presidente, funcionarios de los dos países están cobrando comisión o “peaje” por dejar pasar mercancías. Se habla de que en cada punto de control tienen que pagar 10 dólares o más, que para las personas que viven del rebusque es mucho dinero.

La realidad es que las trochas no se van a acabar de la noche a la mañana porque se han utilizado históricamente para pasar mercancías de contrabando, pero sí se puede ejercer un mayor control y evitar que funcionarios corruptos les cobren a quienes circulan por los pasos legales y que confiaban en que podrían transitar y llevar sus compras sin mayores problemas. Pero se estrellaron con la realidad de que los avivatos se aprovechan de cualquier circunstancia.

La reapertura de los puentes ha sido parcial porque está restringido el paso a vehículos particulares, que podrían llegar a transitar a partir de enero del año entrante. Actualmente solo pasan camiones de carga que vienen vacíos de Venezuela y se surten en Cúcuta. Pero no son tantos como se esperaban.

A la apertura de cielos abiertos también le han aparecido obstáculos. Compañías como Avianca, Wingo y Latam han mostrado interés, pero no han recibido el visto bueno del gobierno. A la que sí se le dio luz verde fue a la estatal Satena que tendrá que comprar dos aviones de 180 pasajeros cada uno porque los que tiene son muy pequeños y económicamente no le sale rentable viajar a ese destino. Por eso no se entiende que el gobierno no haya autorizado todavía los vuelos de las aerolíneas privadas.

En materia de comercio las cosas tampoco pintan mejores. Al menos el arranque está muy lento para las expectativas que se tenían. La desconfianza de los empresarios colombianos, debido a la historia fallida de pagos, por ahora no parece que permita dar rienda suelta al movimiento comercial.

Después de tener un intercambio robusto, que en sus mejores años llegó a 7.200 millones de dólares, el gobierno colombiano espera cerrar este año con cerca de 1.000 millones de dólares. Y la meta parece estar todavía lejos.

Lo más importante es que no se frustren las expectativas de la gente que ve una luz de esperanza en la reapertura de fronteras tras años de crisis económica en la que Norte de Santander fue uno de los más afectados por su alta dependencia de Venezuela. El departamento es uno de los que tiene las mayores tasas de informalidad, del 68 %, y elevados niveles de desempleo y pobreza. .

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