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Editorial

¡Ay, las niñas!

Como familia y como sociedad, no hay que callar, hay que denunciar. No se puede seguir mirando hacia otro lado cuando la crudeza de la realidad nos desborda”.
Publicado el 06 de octubre de 2022

Imagínese, apreciado lector, a una niña de entre 10 y 14 años con un bebé recién nacido en brazos. ¿Qué puede estar sintiendo esa niña mamá y esa niña o niño recién nacido? ¿Qué podrá hacer? ¿Cómo lo podrá sostener?

Ahora imagínese que no es solo una niña sino 662 niñas entre 10 y 14 años con bebés en sus brazos. ¿Qué será del futuro de ellas, todavía niñas, y que será del futuro de estos bebés? ¿Qué se puede ver en los ojos de estas niñas: felicidad, angustia o indiferencia?

El ejercicio que se propone no es ficción, es la vida real en Antioquia: el año pasado, 662 niñas de entre 10 y 14 años fueron madres. Cada día dos niñas menores de 14 años tienen un hijo en nuestro departamento.

Esta dura y dolorosa realidad sigue desafiándonos. Es el momento es oportuno para reflexionar sobre el papel que está cumpliendo la familia, la sociedad y el Estado. ¿Qué hacer? Es la pregunta que nos debe taladrar hasta lo más profundo.

En el informe publicado ayer en EL COLOMBIANO, queda claro que las entidades públicas llevan ya varios años promoviendo programas y campañas educativas. Pero evidentemente el esfuerzo no ha sido suficiente. El año pasado, también en Antioquia, dieron a luz poco más de 12.000 adolescentes entre 15 y 19 años, es decir, 230 cada semana.

Estamos hablando ya de un problema de salud pública con un impacto muy marcado no solo en la vida de cada una de estas niñas y adolescentes y de sus recién nacidos sino que además desde el punto de vista de la sociedad perpetúan situaciones de pobreza sin salida aparente. Estas niñas y adolescentes son parte de la generación que viene y el grado de bienestar del que disfruten será el indicador de la calidad de sociedad que tendremos en el futuro.

Los efectos de esta situación están ya identificados: deserción escolar, aumento del empleo informal, multiplicación de las uniones obligadas y más embarazos antes de cumplir la mayoría de edad. El número de niñas que tienen un segundo embarazo también duele. Sin duda, sigue habiendo muchos vacíos entre la definición de políticas y la aplicación concreta de las mismas.

¿Y cuál es el papel que está jugando la sociedad? En muchos casos, el del avestruz. Enterrar la cabeza en la arena sin querer ver lo que ocurre para creer que nada está pasando. Eso en el mejor de los casos, porque en su peor cara, en la faceta más violenta, algunos de sus miembros se convierten en los verdugos. Tal es el caso de los grupos armados que se encuentran en comunas urbanas o en zonas rurales y que ejercen su poder sin control para acabar con el derecho a la infancia y convertir a niñas y adolescentes en objetos sexuales desechables.

Pero lo más preocupante y escabroso es el rol de la familia. La violencia que se practica en el núcleo primario que debería ofrecer abrigo y protección a los menores hace palidecer a cualquiera. Los comportamientos abusivos que se permiten en el entorno familiar, producto de la falta de educación y la desigualdad son el caldo de cultivo en el que se desarrolla una violencia contra la infancia de consecuencias devastadoras.

Con este panorama, la soluciones pasan por poner en práctica, con seriedad y rigor, algunas de las medidas que los muchos estudios han definido y que organismos como Profamilia han puesto en marcha. Una educación integral en sexualidad que no se limite solo al sexo y la reproducción. Y una práctica institucional que permita el acceso a servicios de control de la natalidad y de enfermedades de transmisión sexual.

Como familia y como sociedad, no hay que callar, hay que denunciar. No se puede seguir mirando hacia otro lado cuando la crudeza de la realidad nos desborda. Porque lo único que se consigue con eso es que el problema crezca. Cada uno de esos 662 embarazos de niñas de 10 a 14 años en Antioquia implican un delito que se comete contra un menor de edad y eso no se puede perder de vista. Hay que apoyar las campañas que ya están en marcha y responder de manera comunitaria.

No estamos hablando del problema de una niña y de su familia, cada niña embarazada es un problema de todos nosotros. Y definitivamente, la educación es la única salida. A veces por creer que de lo que no se habla no pasa cometemos grandes equivocaciones. Muchos experimentos han demostrado que educar en la materia es la mejor manera de prevenir consecuencias no deseadas

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