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Editorial

¿Campeones de bullying?

Colombia es el segundo país con más porcentaje de bullying entre diez países latinoamericanos asociados a la Ocde. Es decir, estamos más mal que los vecinos en lo que tiene que ver con que las nuevas generaciones puedan vivir en armonía.
Publicado el 06 de mayo de 2022

En menos de 24 horas se conocieron tres casos aberrantes ocurridos en colegios de Medellín, Envigado y Manizales que vuelven a llamar la atención sobre ese terrible fenómeno en el que se mezclan acoso escolar, redes sociales, retos extremos e incluso racismo.

El lunes de esta semana se estaba celebrando el Día Internacional contra el Bullying y hoy nos encontramos con tres ejemplos que nos gritan en la cara que hay mucho camino por recorrer. ¿Qué está ocurriendo? ¿Y qué podemos hacer?

Los casos son bastante dicientes. En el Cefa, uno de los colegios públicos más tradicionales de Medellín, una niña afrodescendiente se vio obligada a explicar en clase su olor corporal por “sugerencia” de una compañera y de la mamá de esta última.

En el colegio La Salle de Envigado, al parecer ejecutando uno de esos absurdos retos de redes sociales, le prendieron fuego en la cabeza a un estudiante y lo grabaron para exponerlo públicamente por cualquier Tik Tok.

Y en el Colegio Granadino de Manizales: en medio de un supuesto juego, trataron de empalar a un niño de 13 años durante una clase de educación física. Casi le perforan un testículo y tiene incapacidad médica de ocho días.

Uno podría empezar por reconocer los esfuerzos que se han hecho. Por ejemplo, la ley de 2013 que se creó para mitigar la violencia escolar. O también las organizaciones como RedPapaz que han hecho mucho trabajo intentando mejorar la situación. Y, sin duda, una gran mayoría de los colegios que se han trasformado y han construido una especie de escudo protector para evitar el matoneo.

Pero algo mucho más profundo parece estar fallando. Porque, a pesar de los intentos y los avances, los tres casos más recientes y las estadísticas sobre el bullying demuestran que no solo no estamos bien, sino que algo mucho más estructural se debe intentar.

Hay dos datos demoledores. El primero es que uno de cada tres estudiantes dijo haber sido víctima de bullying, y otro: a uno de cada tres no le parece mal participar en un acto de acoso escolar, según un estudio del Laboratorio de Economía de la Educación de la Universidad Javeriana, que se basó en las respuestas de 7.500 estudiantes que presentaron las pruebas Pisa en 2018.

Como si fuera poco, y este es el segundo dato, Colombia es el segundo país con más porcentaje de bullying entre diez países latinoamericanos asociados a la Ocde. Es decir, estamos más mal que los vecinos en lo que tiene que ver con que las nuevas generaciones puedan vivir en armonía.

Y la diferencia con respecto a los países de la Ocde —que es el club de los países más desarrollados al que nos afiliamos hace unos pocos años— es aún más grande. En Colombia doblamos o triplicamos el porcentaje de niños víctimas de los diferentes tipos de acoso.

Mientras el 18 % en Colombia dijo ser blanco de burlas, en la región solo las sufrieron el 6 %. Mientras en Colombia el 11 % recibió golpes o empujones, en los países Ocde solo el 7 %. Y mientras en Colombia el 12 % reportó robo o destrucción de sus cosas, en la Ocde solo un 6,6 %.

Esas cifras revelan que hay un problema importante no solo en los colegios, sino también en nuestra sociedad. Y en esa medida es también inconcebible que nadie esté proponiendo reformas profundas en la educación en el país. No basta con hablar de dobles jornadas o de educación incluyente, que, sin duda, son cambios claves. Es necesario repensar todo el sistema educativo.

Ya hay países como Finlandia o como Japón, que han entendido que se necesitan nuevas estructuras en el currículo, nuevos énfasis, nuevos principios, en parte para hacerlos más pertinentes a los tiempos que vivimos, pero también tienen un componente importante de convivencia y de competencias emocionales.

Por supuesto, también hay una enorme responsabilidad de los padres de familia y, en general, de la sociedad. ¿Cómo les vamos a pedir a los niños y niñas que se comporten con valores de humanidad cuando hay populares influenciadores que se enriquecen haciendo burlas y caricaturas de todo tipo de personajes? ¿Cómo queremos que resuelvan sus diferencias con argumentos si el ejemplo de los líderes políticos son los insultos y las agresiones?

A veces el país se dedica mucho a resolver los problemas de los que ejercen el poder legal o ilegalmente y se olvida de tomar medidas para que la nueva camada de colombianos no repita nuestros mismos errores. A veces, también, en el país se ha privilegiado el conocimiento y se ha considerado que lo emocional y lo sicológico está en un segundo plano. Es hora de empezar a darle el lugar que le corresponde para la formación de mejores seres humanos 

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