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Lo que sí hay que reconocerle a Petro es que no discrimina a la hora de fallar en sus compromisos, deja con los crespos hechos a todos por igual.
Si el presidente Gustavo Petro trabajara para una empresa privada es altamente probable que hace mucho rato lo hubieran echado por sus faltas recurrentes a los asuntos del trabajo. Y no solo sería ese el procedimiento en el sector privado, también en el Estado, si él fuera alguno del millón 300 mil funcionarios o trabajadores de corporaciones públicas que hay en Colombia, lo habrían destituido.
Pero como él es el Jefe de Estado, el que está en la punta de la pirámide, el que manda a todos y nadie lo manda a él, ha decidido que puede faltar a cuanta cumbre, reunión, evento o acto se le antoje. Así haya estado agendado de tiempo atrás, así haya implicado el desplazamiento o la espera de miles de personas o así le haya costado al erario público invertir valiosos miles de millones de pesos.
Tal vez no hay nada más antipático que un servidor público que se sienta investido de un particular privilegio de hacer lo que le dé la gana. “La impuntualidad es un insulto”, escribía el año pasado el escritor Mario Mendoza, declarado en su momento petrista y ahora desencantado refiriéndose a los continuos desplantes de Gustavo Petro. “Es una manera de escupirle al otro en la cara y decirle: usted no sabe quién soy yo”.
Hasta ahora creíamos que ya habíamos visto todo. En su primer año de gobierno, se constató que Petro nunca llegó o llegó tarde a 82 citas. Y ese vicio de no llegar lo sigue acompañando. No llegó a San Andrés a celebrar con los raizales el fallo de La Haya, ni a Medellín a lanzar su programa de “jóvenes en paz”, también dejó plantadas a las víctimas del invierno de la Mojana, a los habitantes de Maicao, a los de Palmira y Sevilla, por lo menos tres veces dejó en visto al Chocó, a todos los alcaldes en su cumbre en Bucaramanga y a los gobernadores primero en la cumbre de Santa Marta y después en la de Cartagena. Tampoco llegó al desayuno al que habían invitado, en Madrid, a 35 presidentes de las más grandes empresas de España, ni a una reunión con el presidente Boric en Chile, ni recibió al mandatario paraguayo Mario Abdo que vino a visitarlo en Bogotá, le llegó tarde al poderoso Joe Biden, tampoco fue a la reunión que convocó el español Pedro Sánchez en la ONU, y así sucesivamente. Lo que sí hay que reconocerle a Petro es que no discrimina a la hora de fallar en sus compromisos, deja con los crespos hechos a todos por igual.
Sin embargo, con lo ocurrido el fin de semana pasado, el presidente Petro superó las peores expectativas que cualquier colombiano podría tener de él. El viernes 11 de octubre estaba agendado un acto muy simbólico que, si Petro fuera coherente, y de verdad le dolieran las víctimas, debería tocarlo en el alma: se trataba de pedir “perdón por el genocidio de la UP”.
Pero nada de eso pareció importarle porque despachó el esperado acto con un fácil mensaje en su cuenta de X, dijo que un “cuadro gripal” no le permitía asistir. Y sanseacabó. Ya sin Presidente a bordo se suspendió el evento, se perdieron los 3.700 millones de pesos que había costado la instalación artística en la que coparon la Plaza de Bolívar con figuras en cartón para representar a las 6.000 víctimas de la UP, por no hablar de los costos que asumieron los familiares y allegados de las víctimas para recibir este portazo.
Pero el agravio con las familias de la UP no terminó allí: pronto se supo que la tal gripa no existía. O al menos no un cuadro que le impidiera estar menos de 24 horas de paseo en Cartagena. Ni el peor déspota se atrevería a tanto.
Todo mal: el desconsuelo para los funcionarios que habían organizado el acto, la mentira, el desprecio por los asuntos del Estado y sobre todo, si el Estado le había fallado a la UP, ahora Petro no fue capaz ni de hacer lo mínimo para reivindicarlas y no olvidarlas.
Petro ha dicho que él se aburre en la Casa de Nariño. Y se le nota. Ha dejado claro que lo suyo no es cumplir horarios, ni citas, ni reuniones y que la mayoría de los asuntos del Estado le aburren. El presidente de Colombia parece solamente querer hacer discursos, escribir mensajes en la red X para atacar a los que gradúa de enemigos y construir una imagen de él en otros países del mundo para tratar de neutralizar la no muy buena imagen que tiene en Colombia.
Ese fin de semana tampoco fue a la recuperación que hizo el Ejército de El Plateado, en el Cauca. Mandó a seis ministros y a la directora del Dapre, Laura Sarabia. Porque mientras él se ocupa de lo internacional, delega los asuntos de Colombia, a Laura Sarabia, la joven de 30 años, que con trabajo e inteligencia trata de hacer parecer menos desastroso el gobierno de Gustavo Petro.