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Editorial

¿De Rusia con amor?

El gobierno de Colombia está en su derecho de pedir garantías de que la ayuda militar de un país no va a terminar usándose contra nosotros.
Publicado el 19 de febrero de 2022

La mayoría de los lectores deben estar sorprendidos por la mención cada vez más frecuente de Rusia en declaraciones de funcionarios del gobierno. A algunos, incluso, pueden haberles parecido ridículas: es inevitable que pensemos que un país pequeño como el nuestro no tiene nada que hacer frente a una superpotencia militar como la Rusia de Putin. Otros habrán considerado absurdas las declaraciones del presidente Iván Duque, en las cuales expresó la solidaridad de Colombia con Ucrania y con la Otan en medio de la reciente crisis.

Tal vez esto ocurre porque estamos acostumbrados a pensar en Colombia como un país insignificante en el contexto mundial. Y, por ende, creemos que la voz del gobierno no le interesa a nadie. Pero es necesario reconocer que, primero, Colombia es ahora un país de renta media, con una economía grande y creciente y, para efectos del tema del que se está hablando, con unas fuerzas militares significativas y muy capacitadas. Y, segundo, que nuestro país tiene mucho que decir porque está ubicado en un lugar estratégico: la vecindad con Venezuela terminó convirtiéndonos en una especie de muralla de defensa de la libertad, un freno a las ambiciones expansionistas del socialismo del siglo XXI. No en vano, que Colombia también caiga ha sido siempre un punto de prioridad número uno en la agenda de la izquierda radical.

De modo que cuando el presidente Duque habla de Rusia no está, simplemente, metido a grande. Y cuando del mismo tema hablan la vicepresidenta y canciller Marta Lucía Ramírez o el ministro de defensa, Diego Molano, no es porque estén jugando Risk o Batalla Naval: es porque hay motivos serios de preocupación.

Numerosos indicios dan lugar a esa preocupación. Desde hace un tiempo es conocida la cercanía de las fuerzas armadas bolivarianas de Venezuela con Rusia. Empezó en la época de Chávez, con la adquisición de modernísimas aeronaves de combate y otros equipamientos bélicos. Y todo indica un mayor fortalecimiento de esa relación, que incluso se habría manifestado en mayor presencia militar rusa en Venezuela. Cada país es libre de establecer los contactos e intercambios que quiera, pero sus vecinos son igualmente libres de inquietarse y manifestar su preocupación. Y también el gobierno de Colombia está en su derecho de pedir garantías de que la ayuda militar de un país no va a terminar usándose contra nosotros, como hizo el presidente Duque.

Por otra parte, también han empezado a crecer las preocupaciones por una posible injerencia rusa en nuestro proceso político y electoral. Al respecto, Rusia es visto en la comunidad internacional como un conocido infractor. En todo el mundo se sospecha que su gobierno y sus servicios secretos, de manera clandestina, han intervenido en diferentes procesos electorales mediante herramientas propias del ciberespacio. El caso más notable es la posible injerencia rusa en las elecciones en Estados Unidos de 2016, en las cuales está comprobado el hackeo de las plataformas informáticas del Partido Demócrata.

¿Por qué, por ejemplo, según agencias de inteligencia de al menos tres países, se hacen giros de hasta treinta millones de pesos por día, desde Rusia, a decenas de cuentas en Colombia? Al menos eso es lo que dice un informe de inteligencia revelado en los últimos días. ¿Para qué y en beneficio de quién? Nada de esto es claro aún. Pero no se necesita simpatía ideológica para despertar el interés en hacer estas operaciones: aquí la cuestión no es si Putin es de izquierda o de derecha; es un tema de intereses estratégicos, no de coincidencia ideológica. Y los intereses estratégicos de Rusia están presentes en el hemisferio, como lo atestigua su cercanía con Venezuela y Nicaragua. Establecer posiciones en Latinoamérica, considerada tradicionalmente zona de influencia estadounidense, puede ser por sí sola una motivación importante.

Hasta ahora, el gobierno ha manejado correctamente la reacción a estas denuncias. Ha predominado el canal diplomático, mediante el cual la canciller le ha expresado al gobierno ruso las preocupaciones colombianas. El presidente ha pedido explicaciones y garantías y ha hecho también públicas sus inquietudes, sin incurrir en provocaciones ni belicismos. Esta senda correcta debe continuarse y priorizarse en las reacciones futuras, si ellas fueran necesarias. Ojalá no lo sean.

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