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Editorial

El complejo de víctima

El texto de principio a fin es una echadera de culpas, algunas sin duda merecidas, pero en ningún momento una reflexión de qué tenemos que hacer cómo nación para el cambio que él tanto pregona”.
Publicado el 26 de septiembre de 2022

Mucho se ha dicho ya del discurso de Gustavo Petro en la ONU. Sus barras lo aplaudieron a rabiar, lo calificaron de “histórico”, de “memorable” y alcanzaron incluso a decir que “era el mejor discurso que había dado un presidente en la ONU”. Mientras que opositores suyos como Francisco Santos lo han tildado como una “sarta de pendejadas”.

Pero la verdad es que ni lo uno ni lo otro. A las barras que se apresuraron a hacerle un monumento les convendría revisar lo que ha sido la historia de los discursos de presidentes colombianos en la Asamblea de Naciones Unidas.

El discurso de Petro está lejos de ser el más aplaudido. El de Belisario Betancur, hace 39 años, el 5 de octubre de 1983, por ejemplo, puso de pie a los asistentes y lo ovacionaron durante largos minutos. El diario The New York Times registró el hecho con un artículo titulado: “Un colombiano lírico pone de pie a las Naciones Unidas”. El discurso de Petro, por su parte, recibió el aplauso protocolario de 10 segundos y unos cuantos medios internacionales lo reseñaron en la sección digital dedicada a las noticias de Colombia.

El discurso de Ernesto Samper, en los años 90, también dio mucho de qué hablar pues el entonces presidente tuvo que llegar a Nueva York con un permiso especial porque no tenía visa de Estados Unidos. De hecho, tocó varios puntos similares a los de Petro sobre el fracaso de la guerra contra las drogas. Y al presidente Juan Manuel Santos, cuando fue ya con el Acuerdo de Paz firmado, lo interrumpieron para aplaudirlo.

Sin duda, y si bien el discurso de Petro es una interesante pieza de retórica, la algarabía que se creó alrededor del mismo tuvo mucho que ver con la táctica que el petrismo domina a la perfección de pegar primero con su narrativa en redes sociales.

Más allá de ubicar el discurso en el contexto de la historia cabe decir que Petro tocó dos temas fundamentales: el cuidado de la Amazonía y el fracaso de la guerra contra las drogas. Y en ambos es posible que una gran mayoría de colombianos y colombianas coincidamos en que salvar el Amazonas es una urgencia -de hecho ya existen cientos de campañas con ese propósito- y que la guerra contra las drogas se está perdiendo o ya se perdió. Hace bien el presidente en insistir en esos dos temas y en intentar ponerlos en la agenda de discusión.

Compartir los ejes de su discurso no quiere decir que se comparta la manera cómo lo dice y los énfasis que hace. Sobre todo porque en algunos casos acomoda la verdad para que coincida con su discurso o con su ideología y en otros denota evidentes contradicciones con lo que ha sido su propia historia.

Su intervención comenzó con una frase extraordinariamente bella y dolorosa: “Vengo de un país de una belleza ensangrentada”. Y le cabe toda la razón. Pero lo que echamos de menos es que a lo largo de las diez páginas que leyó no se encuentra una sola frase en la que haga referencia a lo que le corresponde a él, Gustavo Petro, de esa “belleza ensangrentada”. Con dos o tres palabras en las que reconociera la cuota de sangre que a él también le cabe habría sido tal vez suficiente para que lo expresado, ya con honestidad de por medio, tuviera más potencia.

O evade por momentos la realidad, tal como lo hace cuando critica el trato que se les da a los migrantes: “Si observan que los pueblos se llenan de hambre y de sed y emigran por millones hacia el norte, hacia donde está el agua; entonces ustedes los encierran, construyen muros, despliegan ametralladoras, les disparan”. Se le olvida de manera conveniente que los latinoamericanos que han poblado a Estados Unidos llegan huyendo de regímenes como el de Fidel Castro en Cuba o el de Nicolás Maduro en Venezuela. O también de países como Colombia porque, paradójicamente para los propósitos de su discurso, buscan allá, en el capitalismo en su máxima expresión, el paraíso que no han encontrado en la versión latinoamericana del mismo.

Y a renglón seguido, el presidente Petro compara a Estados Unidos con los nazis: “Los expulsan como si no fueran seres humanos, quintuplican la mentalidad de quien creó políticamente las cámaras de gas y los campos de concentración, reproducen a escala planetaria 1933”. Una comparación absurda y muy por la línea de Hugo Chávez cuando en la misma Asamblea de la ONU en 2013 dijo “ayer el diablo estuvo aquí... huele a azufre todavía”, refiriéndose al entonces presidente de Estados Unidos, George Bush.

Por no hablar de la frase que ha despertado más polémica en la cual plantea que el petróleo es más venenoso para la humanidad que la cocaína, un debate que daría para un editorial completo. Se necesita mucha audacia para sostener esa teoría en un país que lleva cuarenta años padeciendo todo tipo de violencias y estigmatizaciones por cuenta de la coca. Claro que él lo justifica diciendo que nos hemos matado porque Estados Unidos nos ha impuesto la prohibición.

Y ese es tal vez el problema de fondo de su discurso: el complejo de víctima que lo anima. El texto, de principio a fin, es una echadera de culpas, algunas sin duda merecidas, pero en ningún momento una reflexión de qué tenemos que hacer cómo nación para el cambio que él tanto pregona.

“¿Quién nos lleva a la destrucción como nación y como pueblo?”, se pregunta. Y por supuesto ni por un momento dice que somos nosotros mismos, los colombianos y las colombianas, los que nos tenemos que labrar nuestro propio destino

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