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Este, el de los 48 equipos, está siendo el Mundial que nos conmueve: uno donde el resultado importa por momentos menos que la emoción que produce.
Hay mundiales que se ganan y mundiales que conmueven. Este, el de los 48 equipos repartidos entre México, Estados Unidos y Canadá, está siendo de los segundos: uno donde el resultado importa por momentos menos que la emoción que produce, y donde el negocio ha encontrado, paradójicamente, su mejor relato en los que no tienen nada que perder.
Empecemos por Cabo Verde. Quinientos mil habitantes, una liga semiprofesional de doce equipos repartida en archipiélagos volcánicos, y un arquero de 40 años, Vozinha, que jugaba en la segunda división portuguesa con un pase valorado en 52.000 euros. Le hizo siete atajadas a España —campeona de Europa, con una plantilla valorada en 1.400 millones de euros– y selló un 0-0 que la prensa ya llama una de las hazañas del torneo. Lloró al final, no por España, sino por sus abuelos muertos que lo criaron y por su madre, que no pudo entrar a Estados Unidos por una visa que le costaba 15.000 dólares hasta que la diplomacia deportiva —y la presión viral— resolvió el trámite. Pasó de 50.000 a 15 millones de seguidores en sus redes sociales en una semana. Ahí está, en miniatura, lo que este Mundial vende mejor que ningún patrocinador: la épica del desconocido contra la maquinaria.
Curazao, el país menos poblado en clasificar jamás a un Mundial —apenas 156.000 habitantes— en su debut absoluto, Alemania los goleó 7-1 en Houston. Pero al minuto 21, con el partido ya decidido, Livano Comenencia metió el primer gol en la historia mundialista del país, y el estadio entero —su gente, su banco— estalló como si hubiera sido un título. No era ingenuidad: era la prueba de que en un Mundial de 48 selecciones, donde la mitad sabe de antemano que no va a competir por nada, la alegría se mide distinto. Ese gol valía lo mismo que un récord, porque era, literalmente, el comienzo de algo que antes no existía.
Noruega es la otra cara de la misma moneda, pero al revés: no la sorpresa pequeña, sino el regreso de un país entero. Veintiocho años sin pisar un Mundial, y de pronto Haaland, Ødegaard y una hinchada que inventó el “remo vikingo” —el Viking Row— meses antes del torneo, en un amistoso de marzo, y que hoy se reproduce desde en los jardines infantiles hasta en el Parlamento de Oslo, donde los diputados remaron desde sus escaños. Cuando el fútbol se convierte en gesto de cohesión nacional, deja de ser deporte: es la mejor manera de ratificar la identidad ante el mundo que los está mirando.
El propio Haaland, una de las estrellas del mundial, dejó en claro de lo que se trata el mundial cuando le preguntaron por el partido contra Francia. “Ya clasificamos. Probablemente nos ganen y probablemente ganen todo el torneo”. Y cuando le preguntaron si Noruega podía soñar con ganar el mundial dejó claro de qué se trata todo: “¿Clasificar por primera vez en 28 años y superar la fase de grupos? Sí. ¿Ganar el Mundial? Absolutamente no. Seamos un poco realistas y disfrutemos. Que todos los noruegos sean felices hoy”.
Y este jueves llegó lo que no cabe en ninguna estadística. Ecuador remontándole 2-1 a Alemania, el tetracampeón, con goles de Nilson Angulo y Gonzalo Plata, y el estadio de Nueva Jersey entero —jugadores, técnico, hinchas— cantando al final, a una sola voz, “Nuestro Juramento” de Julio Jaramillo, ese vals que habla de promesas y de muerte y que, sin que nadie lo planeara, se convirtió en el himno no oficial de la noche más feliz de la historia futbolística ecuatoriana. El presidente Daniel Noboa, que vio el partido en la tribuna, decretó al día siguiente día cívico. Un país entero, ese viernes, no fue a trabajar: fue a seguir cantando. Eso tampoco se compra con presupuesto de marketing.
Tampoco se fabrica lo que pasa en México cada vez que el Tri gana: el Ángel de la Independencia y el Paseo de la Reforma convertidos en una marea de 800.000 personas, bajo tormentas que no logran dispersar a nadie, con la gente nadando en los charcos y “volando” a punta de brazos sobre la multitud.
O la ola naranja que se toma literalmente las calles de cada ciudad donde llega a jugar Países Bajos —Dallas, Houston, Kansas City— con un camión de dos pisos enviado desde Ámsterdam, como si la hinchada misma fuera otra selección, itinerante, invicta en la categoría del bullicio.
Y por supuesto Colombia, que ha hecho lo que mejor sabe hacer: darnos alegrías inolvidables. Con un Daniel Muñoz que se ha puesto la capa de héroe en los dos partidos para concretar lo que el equipo ha construido. Nada heroico todavía, pero suficiente para que el país vuelva a creer. La afición colombiana ha puesto a retumbar los estadios como si fuera un solo corazón y los equipos competidores lo han sentido. Hoy tiene el duelo de gala con el más encopetado del grupo, Portugal, y seguramente producirá nuevas emociones para guardar en la memoria.
El Mundial, por más que sea un negocio de miles de millones de dólares, por más que cada pausa de hidratación sume al balance financiero, el torneo se sigue escapando de su propio cálculo. Se escapa en un arquero de segunda división que vuelve loca a una potencia, en un país nórdico que descubre que remar juntos también es una forma de ser nación y en una hinchada que llena gradas sin importar el resultado. El negocio vende el espectáculo, pero no puede fabricar las lágrimas de Vozinha ni el grito que despertó al rey de Noruega. Eso, todavía, lo hace solo el fútbol.