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Este domingo no solo se define en Brasil un gobierno, sino el desenlace final de un histórico e intenso pulso por la fe y el poder.
El gigante suramericano se alista para una de esas jornadas electorales que no solo despeinan a los brasileños, sino que ponen a morderse las uñas a todo el continente. El próximo domingo electoral, Brasil no solo elige un presidente, decide, literalmente, qué tipo de país quiere ser en los próximos años y qué bandera izará ante el mundo. La moneda está en el aire y la disputa no podría ser más polarizada: de un lado, la continuidad del proyecto de izquierda de Luiz Inácio Lula da Silva, del otro, el acelerón hacia la derecha capitaneado por Flavio Bolsonaro. La tensión se siente con fuerza en las calles de São Paulo, en las playas de Río y, por supuesto, en los pasillos políticos de toda América Latina.
Para entender el calibre de lo que está en juego, hay que mirar más allá de la banda presidencial. Lo que se define en las urnas este 4 de octubre toca los cimientos institucionales de la nación más grande de la región. No es un secreto que el rumbo del Tribunal Supremo Federal y el equilibrio de poderes penden de un hilo. Una victoria de la derecha bolsonarista buscará, sin rodeos, reformar una corte con la que ha mantenido un choque frontal durante años. Pero además, está sobre la mesa el timón de la política exterior. Mientras Lula defiende la integración regional y un multilateralismo pragmático, la propuesta de Bolsonaro hijo apunta a alinearse con los bloques conservadores globales, enfriando las relaciones con ciertos vecinos incómodos.
Ahora bien, en esta gigantesca partida de ajedrez político, hay un jugador que no viste de traje de sastre ni hace mítines tradicionales, pero que tiene la llave del Palacio de Planalto: el voto religioso. Históricamente considerado el país con el mayor número de católicos en el planeta, Brasil vive una metamorfosis espiritual que está redibujando su mapa electoral. Hoy por hoy, los evangélicos ya suman más de 47 millones de personas. Eso significa que representan alrededor del 27% de la población total, el nivel más alto registrado en toda la historia de Brasil. Quien ignore esta cifra o pretenda hacer campaña de espaldas a los templos, simplemente no sabe dónde está parado.
Para hacer memoria, en 2018 este bloque fue el trampolín que catapultó al ultraderechista Jair Bolsonaro al poder. En ese entonces, el voto de los evangélicos funcionó como un bloque monolítico, impulsado por una agenda de valores tradicionales, la defensa de la familia clásica y un discurso de mano dura que caló profundo. Sin embargo, las cosas en la fe y en la política nunca se quedan estáticas. Cuatro años después, el panorama muestra fisuras interesantes. Ese arraigo conservador radical, que parecía inquebrantable, ha empezado a moderarse en varios sectores de la comunidad.
¿Por qué se está dando este cambio? La respuesta está en el bolsillo y en el día a día. Los evangélicos no viven en una burbuja. Sufren la inflación, buscan empleo y necesitan que los servicios de salud funcionen. En las iglesias de las favelas y de las periferias urbanas, el discurso del miedo al comunismo ya no tiene el mismo efecto anestésico que antes. Muchos fieles hoy ponen en la balanza los programas sociales y el recuerdo de los años de bonanza económica. Esto ha provocado que el rebaño no camine ciegamente en una sola dirección, abriendo una brecha por la que la izquierda ha intentado colarse con discursos más conciliadores y menos confrontativos en temas morales.
Por eso, la gran pregunta que ronda en el aire de cara al próximo domingo es qué tan decisivos serán en estas presidenciales. La centroderecha y la derecha dura de Flavio Bolsonaro confían en que el discurso provida y la apelación a los valores religiosos tradicionales terminen ganando el pulso en el último minuto. Por su parte, el lulismo apuesta a que el pragmatismo económico y la promesa de una mesa llena pesen más en el cuarto oscuro de la urna electrónica.
Lo cierto es que gane quien gane, el próximo presidente recibirá un país partido en dos mitades casi exactas y con el desafío enorme de gobernar para todos. Lo que pase el domingo en Brasil marcará el termómetro político de la región. Si la izquierda retiene el poder, el bloque progresista respirará aliviado. Si la derecha da el zarpazo con el apellido Bolsonaro, el péndulo ideológico de Suramérica volverá a moverse con fuerza. Así que atentos a lo que va a pasar, porque este domingo no solo se define un gobierno, sino el desenlace final de un histórico e intenso pulso por la fe y el poder.