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La realidad de la situación económica que golpea a Chile ha dado al traste muy rápidamente con la buena sintonía que mantenía Gabriel Boric con sus electores y con la ciudadanía en general. A menos de dos meses de haber tomado posesión de su cargo como presidente, la brusca caída en su popularidad, que bajó del 50 % al 36 %, ha hecho cuestionarse a quienes lo veían como la gran revelación progresista.
En el país austral, estos números representan el peor desempeño de un mandatario nacional en su arribo al poder. Y las causas son varias: la falta de una agenda pública vinculada al acontecer nacional, los inquietantes signos de descoordinación y de falta de gobernabilidad que han mostrado sus ministros respecto al manejo del conflicto mapuche, el tema de los presos del estallido social, la inseguridad y, por supuesto, lo que más golpea, la economía.
Y, sin duda, también es cierto que esta camada de nuevos mandatarios, que ofrece todo tipo de mágicas soluciones, termina labrándose su impopularidad porque ya en el gobierno se choca con la inamovible realidad de que no todo se puede hacer. Y menos las promesas poco realistas de quienes mucho proponen con el ánimo no de gobernar, sino de ganar unas elecciones.
Capítulo aparte merece el grado de desaprobación que ha alcanzado la Convención Constitucional, sobre la que el 55 % de los encuestados dice sentir desconfianza. Con las protestas sociales aún activas y superado ya el plazo de nueve meses que se le había dado a la convocatoria, se aproxima el 25 de julio, fecha última de la prórroga de tres meses que se dio para tener listo un texto final que deberá ser sometido a referéndum el 4 de septiembre. Los chilenos, y especialmente la ultraizquierda, presionan por grandes cambios en la Constitución, pero no creen que se vayan a dar tal cual van las cosas. La opción de “Rechazo” al proyecto de nueva Carta Magna en el plebiscito se ha instalado en 46 % y supera por primera vez al “Apruebo”, que bajó 6 puntos y se sitúa en 40 %.
Vale la pena recordar que este proceso constitucional que se abrió en Chile fue la respuesta política a una ola masiva de protestas por la igualdad, que consideraban que la Constitución vigente era el origen de todas las desigualdades.
Por otro lado, Chile vive una ola de inseguridad nunca vista en ese país. No es solamente la ejercida por grupos mapuches radicales mediante ataques incendiarios y acusaciones a Boric sobre “su desconocimiento absoluto del conflicto territorial”. Es también la que padece su capital Santiago, que pasó de ser una de las ciudades más seguras de Latinoamérica a estar azotada por la delincuencia. El número de homicidios aumentó un 33 % y los asaltos a plena luz del día, así como los robos de vehículos, son el pan de cada día. Las autoridades se sienten desbordadas.
La ciudadanía, tanto en Chile como en muchos otros lugares del mundo, está impaciente y tiene unas expectativas tan altas que dejan muy poco margen para pasar de las promesas de campaña a la realidad de manejar un gobierno de izquierda del que el pueblo espera los milagros que se atrevieron a proponer. Y, como en tantos lugares, incluida Colombia, el mito infundado del extranjero se convierte en la hipótesis que muchos manejan para explicar los orígenes del aumento de la violencia o la falta de trabajo.
La inflación desatada de la economía, que alcanza el 9,4 % anual, por encima de la colombiana o la mexicana, se siente con fuerza en las calles, especialmente en los estratos socioeconómicos más bajos. Allí, el grado de desaprobación de Boric llega al 61 %. La gente está impaciente porque son demasiados años de sobrevivir en condiciones precarias. A la vez, son muchas las ilusiones que se han depositado en este gobierno de izquierda, de manera que el compás de espera es mínimo y de ahí los resultados del desencanto.
Hay múltiples frentes abiertos para el presidente más joven en la historia política de Chile. La duda que se extiende es si Boric, rodeado de tanta gente inexperta en su gobierno, va a poder enfrentar el panorama adverso y la difícil situación que ha quedado después de la pandemia. A lo que se suman los efectos colaterales de la guerra en Ucrania, que, aunque lleguen más lentamente a América Latina que a Europa, conforman otro reto inmenso para el que es necesario tener un equipo humano preparado que sepa enfrentar el vendaval. Desde el punto de vista del gobierno, ha sido muy corto el tiempo para lograr cambios profundos. Pero desde la perspectiva del ciudadano, que ve cómo su calidad de vida sigue mermando, el tiempo, simplemente, se agota