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Editorial

En defensa de las humanidades

Con estas asignaturas la universidad trata de que cada estudiante adquiera una actitud crítica ante la vida y la sociedad.
Publicado el 13 de noviembre de 2022

De manera cíclica resurge la discusión sobre el papel de las humanidades en la educación universitaria. En España, por ejemplo, tal como lo informó este periódico, se produjo una gran polémica cuando un estudiante con puntaje casi perfecto en la prueba selectiva para ingresar a la Universidad reveló que quería estudiar Filología Clásica. Ahí fue Troya: las redes agobiaron al joven por seguir una carrera que lo haría feliz, pero poco rentable en términos económicos.

En nuestro medio, el debate lo produjo un trino y luego un artículo de uno de los columnistas de este periódico quién sostuvo que la Escuela de Humanidades de la Universidad Eafit “le ha hecho un gran daño a Eafit y a la sociedad”. Tan dura afirmación generó todo tipo de reacciones. Luego, en la columna publicada en este periódico el profesor de Economía matizó la dura afirmación inicial afirmando que se refería a las materias llamadas de “relleno” a cargo de profesores de la Escuela de Humanidades, lo que ha permitido que “la propaganda sustituya la enseñanza y el activismo a la docencia”.

La Escuela de Humanidades de la Universidad Eafit fue creada en 1997 durante la rectoría de Juan Felipe Gaviria Gutiérrez, empresario de amplia trayectoria, quien dio el gran impulso para dar el salto de escuela especializada a una verdadera universidad en el sentido amplio del concepto Universitas. La apuesta de las directivas de aquella época fue complementada con la apertura de la carrera de Música, la creación de la Orquesta Sinfónica, el fondo editorial y la construcción de la imponente Biblioteca y Centro Cultural Luis Echavarría Villegas. Desde entonces, Eafit se convirtió en un epicentro académico y cultural reconocido en el país.

Unos años más tarde, cuando Eafit decidió acogerse a los retos que implicaba acceder a la acreditación institucional del Ministerio de Educación Nacional, durante la rectoría de Juan Luis Mejía, realizó una profunda reforma curricular, en la cual sustituyeron las asignaturas llamadas de Humanidades I a VI por el denominado Núcleo de Formación Institucional que comprendía las asignaturas de Análisis textual, Constitución y ciudadanía, Colombia Política contemporánea, iniciativa y cultura empresarial y un ciclo electivo donde el estudiante podía escoger alguna materia relacionada con la literatura, el arte, la música o la filosofía.

Con estas asignaturas, que el columnista llama “de relleno”, y que en la jerga juvenil de algunos alumnos también se conocen por ese nombre, la universidad trata de que cada estudiante adquiera una actitud crítica ante la vida y la sociedad, un acervo de conocimientos y prácticas que le permitan disfrutar de una vida plena y no ser simplemente un “bárbaro ilustrado” como definía Ortega y Gasset al producto profesionalizante de las escuelas especializadas del siglo XX.

Uno de los pilares de las corrientes contemporáneas de la educación son las denominadas soft skills o competencias del siglo XXI, en las que se incluye el pensamiento crítico como una de las habilidades esenciales en el proceso de aprendizaje que luego se proyectarán en la vida laboral. Así lo confirma el Foro Económico Mundial, el cual, en el último documento sobre las habilidades para el trabajo, ubica en el cuarto lugar, el pensamiento crítico y la capacidad de análisis, por encima incluso de la creatividad, el liderazgo y el uso de las tecnologías.

Podríamos más bien pensar que el mundo (y las universidades) lo que necesitan son más y mejores humanidades transmitidas con muy alta calidad. Más profesionales entrenados en la razón del ser humano para así contrarrestar o equilibrar la balanza, con esa razón del ser utilitario que se hace cada vez más abrumadora. ¿No será que a Colombia le están faltando más humanidades?

Por supuesto es importante que se logren poner en discusión todo tipo de ideas y de corrientes interpretativas del mundo para no imponer ningún tipo de pensamiento político o ideológico específico. La libertad de pensamiento, expresión y cátedra son ejercicios que se deben practicar en la universidad; los debates y las polémicas deben ser vigorosos y argumentados; la razón y la ilustración deben ser el principio guía, porque lo peor que puede pasar es que degrademos la universidad a una discusión de Twitter o esperemos que reine un pensamiento único.

Difícil imaginar el futuro de la humanidad sin la capacidad de reflexión, de cuestionar el estatus quo. Qué árida resulta la existencia sin el disfrute de los bienes de la cultura. Larga vida a las humanidades en la Universidad

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